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A Antonio
Casanovas. In Memoriam.

Cancho Ruano
Existe un
gran número de conceptos vinculados históricamente a lo
que llamamos "actividad artística" o "arte":
creatividad, inspiración, belleza, verdad, técnica, forma,
naturaleza, mímesis, anámnesis, estética, verdad,
gnosis... El contenido de estos conceptos ha variado a lo largo de la
historia reciente, desde la Grecia presocrática hasta nuestros
días; sería posible entender la "evolución"
del arte, y la teoría que comporta, viendo en qué concepto
cada época histórica ha hecho especial énfasis y
cómo y por qué los conceptos han variado. En cualquier caso,
ninguno de estos términos conserva en la actualidad el concepto
original (radical); algunas veces, el concepto es posterior al término
(tal es el caso del que nos va a ocupar de inmediato); otras veces ocurre
a la inversa: se acuñan nuevos términos para conceptos antiguos;
a menudo, no obstante, el concepto deja de tener un sentido preciso debido
a un uso indiscriminado. Sea como fuere se hace extremadamente difícil
interpretar textos antiguos por la misma fluctuación, por no decir
deterioro, que el contenido de un término -el concepto inherente
a su radical- ha sufrido a lo largo de la historia. Hay, sin embargo,
un concepto clave que inunda la percepción de la realidad en nuestro
mundo contemporáneo y que ha invadido democráticamente la
filosofía, el arte, la vida cotidiana, la ciencia... Este concepto
es el de estética o, desde el punto de vista de teoría del
arte, "experiencia estética".
I. Estética
La irrupción
de la estética en el dominio del arte es bastante reciente (finales
del s. XVIII) y marca una de las rupturas radicales con lo que en términos
tradicionales se entiende por Arte. Tal ruptura es, qué duda cabe,
de menos envergadura que otras (si se quiere una consecuencia de otras),
por ejemplo, el abandono del arte en tanto que Oficio -es decir, ars vinculado
a una Scientia que conforma su substrato teórico-, y en tanto que
tal, ars como método iniciático; la desvinculación
del arte con la utilidad (utilidad simbolizante, es decir, una utilidad
inmersa en una cosmovisión); la idea de la obra de arte como símbolo
o "mapa de conocimiento"... etc. De hecho, para comprender claramente
qué concepto se esconde, en términos tradicionales, detrás
del término "arte" debiéramos antes destruir el
concepto que tenemos de estética; por ello me ha parecido importante
ver por qué para la modernidad la estética es un predicado
sine qua non es imposible vivir, dicho sea con cierta brusquedad. Porque
desde el s. XVIII, la estética ha sido el tema; la teoría
del arte (asociada a la idea de belleza) ha tenido un carácter
psicológico: se ha incidido en la respuesta humana ante el "arte"
y la "belleza" y en la naturaleza de la actitud mental que tal
percepción requiere.
Aisthesis -estética-, y su forma adjetiva aisthetikós -lo estético-,
se utilizaba en Grecia para referirse a las impresiones sensoriales y
estaba asociada a noesis -y su forma adjetiva noetikós- que se
refiere al pensamiento: son las impresiones sensoriales asociadas al pensamiento.
En este sentido era utilizado el término en la Grecia presocrática,
en Platón y Aristóteles. Su dominio estaba bien definido
y siempre se refería a un tipo de conocimiento menor, mediato y
en cierta manera racional. Aisthesis se oponía, en este sentido,
a gnosis en la medida que éste implica un conocimiento elevado,
inmediato, vinculado a la intuición intelectual (noeîn).
Así quedaron las cosas, poco más o menos, hasta mediados
del s. XVIII. Jámblico,
V. P. XII 58, cuenta la anécdota de la explicación que dio
Pitágoras de los filósofos: comparó al mundo con
un circo en donde el más puro de los "especímenes"
era el hombre que se recrea en la contemplación de las cosas más
bellas, al que corresponde el nombre de "filósofo", que
así era un "espectador" buscando la verdad del mismo
modo que otros buscan el dinero o la gloria; el goce de esta contemplación
-de la belleza inherente al mundo manifestado- podría ser el primer
enunciado de lo que significaba la "experiencia estética"
(se justifica llamarla "experiencia estética" por el
hecho de que se vincula a la belleza). Ahora bien, en este "contemplar
las cosas bellas" no intervienen cuestiones relativas a los estados
mentales subjetivos ni a determinadas respuestas emotivas o experiencias
sensoriales, ya sea en o a través del arte o en tanto que simple
actitud vital; muy al contrario supone, en Pitágoras, un estudio
intelectual activo basado en la numerología, la geometría,
la música y la astronomía.
La cuestión es que la
belleza del mundo, es decir, la belleza de la estructura implícita
en la Naturaleza, es una imagen o un símbolo (1) de la Belleza
y de la Verdad; el filósofo, que no es un sabio sino un "amante
de la sabiduría", un "espectador" o "buscador",
aprende a ver (en el orden formal) y a oír (en la armonía)
qué se esconde detrás de "lo visible" (eidos en
sentido original) porque sus observaciones le proporcionan un conocimiento
del orden del cosmos y, así, de sí mismo en tanto que microcosmos,
porque "lo semejante se conoce por lo semejante". La aisthesis platónica trató de la belleza en tanto que trascendental
o Idea y esto derivó hacia una teoría de la "experiencia
estética" que quedó formulada en El banquete en tanto
que paso previo a la "experiencia iniciática": ya que
nuestros sentidos no pueden percibir la belleza de las ideas directamente
(aunque sí la de los objetos) hay, dirá Platón, una
"facultad" (cualidad, aspecto, "función" u
órgano, podría decirse también) del alma que hará
percibir la belleza-en-sí, y esta facultad es el intelecto, que
es una "función" de la psique indispensable para el conocimiento
de las Ideas. La aisthesis platónica fundamenta la neoplatónica
elaborada por Plotino y Boecio y, ya en la Edad Media, Juan Escoto Erígena
la describirá como un "sentido interior del alma" -interior
sensus animi- ("visión espiritual", así San Buenaventura)
que hace contemplar en los objetos bellos sólo "la gloria
del Creador y de sus obras"(2).
El cambio
brusco, aunque no radical, lo dio Aristóteles quien contrariamente,
definía la aisthesis en tanto que un saber "ver y escuchar";
pero a diferencia de Pitágoras este "ver y escuchar"
era un fin en sí mismo, es decir, un ver y escuchar el mundo o
naturaleza en tanto que tal para conocerlo en su realidad manifiesta.
Para Aristóteles todo lo que no era abarcable mediante la visión
no era "correcto"; es decir, todas las cosas han de tener una
presencia formal (medida, peso, etc.) que sea perceptible clara y distintamente,
sin que lleve a equívocos: la "buena forma" es la que
se puede ver correctamente (eusynopton, correcto-con-visión, Poética
1450d-1451a y Ética a Eudemo, 1230 b31). Esta "visión
correcta" se puede aplicar mutatis mutandis a la percepción
táctil o plástica y así quedan establecidos los principios
mediante los cuales se rige la percepción estética: principios
relativos a la subjetividad, ya que, además, lo correcto-con-visión
depende del sistema cultural en que se esté inmerso. La diferencia
entre ambos es de capital importancia (aunque ciertamente sus límites
se diluyen a través de la historia; por ejemplo, en el Renacimiento
Ficino intentaría una síntesis de ambas): mientras Aristóteles
describe una actitud estética frente al mundo, un mundo en tanto
que manifestación irreductible, e irreductible en la medida que
incluso el primum mobile es un Principio personal ya que lo define en
tanto que naturaleza ontológica -y no metafísica- y por
lo tanto determinada, Platón describe la facultad del alma indispensable
para la "experiencia estética" que, como se ha dicho,
se desarrolla según ciertos grados o niveles de percepción
y se vincula a la "experiencia iniciática" en la medida
que supone un primer grado de conocimiento de la realidad. En última
instancia será el daimon, el ingenium de san Agustín, (relacionado
con la "inspiración" o "intuición")
quien promueva el conocimiento o gnosis. Pero ya
sea como actitud o como órgano de conocimiento la aisthesis o la
"experiencia estética" jamás se asoció
al arte. En todo caso en Aristóteles se enuncian los postulados
para que esta vinculación sea posible, pero esto es otra cuestión
que no vamos a tratar aquí.
En Aristóteles, la negación
de la trascendencia de las Ideas platónicas y de la anamnésis,
(no-olvido o reminiscencia) llevan al hombre a interesarse ya no por el
principio o principios de las cosas sino por las cosas mismas en tanto
que entidades irreductibles y, sobretodo, por la manera en que tales cosas
son aprehendidas por los sentidos y por la razón. La filosofía
se desvincula de lo sagrado (aquí el mito) y con ella el filósofo
cuya búsqueda se sitúa al margen; aquí empieza la
filosofía, el arte y la teoría del arte tal y como lo entendemos
en la actualidad. Esta distinción
quedó establecida, poco más o menos, así, hasta mediados
del s. XVIII. Descartes había dicho (Meditaciones, 6ª) que
el único conocimiento posible era aquel que podía ser concebido
clara y distintamente. Según esto, y en plena época enciclopédica,
J. Cristián, barón de Wolff, un reconocido filósofo
alemán que creó escuela y del que la modernidad todavía
conserva, aunque no en su totalidad, ciertas divisiones que estableció
de las artes y las ciencias, ordena los conocimientos en materias, bajo
el supuesto de que todo conocimiento es racional o empíricoracional;
se da cuenta, no obstante, que ciertos conocimientos son inconcebibles,
obscuros y confusos, conocimientos sin lógica (inductiva o reactiva).
Wolff clasifica aparte estos conceptos, y los conocimientos que de ellos
se derivan, y no se ocupa más de ellos (por ejemplo, placer, dolor,
odio, amor... eran considerados simples conciencias de perfección
o imperfección). Alejandro T. Baumgarten, discípulo suyo,
advirtió que todos aquellos conocimientos dejados a parte por Wolff
se referían al conocimiento sensible, exactamente a los sentimientos,
(pensando todavía en la antigua distinción entre cognitio
intellectiva y cognitio sensitiva). Lo verdaderamente sorprendente de
la cuestión es que Baumgarten identificó todos estos conocimientos
con el conocimiento de la belleza y denominó al estudio del conocimiento
de la belleza con el nombre grecolatino de cognitio aesthetica, o "estética".
De hecho se estaba diciendo que aisthesis no tenía ya que ver con
"las impresiones sensoriales asociadas al pensamiento" sino
con los sentimientos, con las fuerzas motrices del instinto: la experiencia
estética promueve un conocimiento exclusivamente sensual; en cualquier
caso el arte, en sí mismo, no es nada más que un instrumento
destinado a tal fin: aún conservándose el término,
el concepto era radicalmente distinto al original. Esta fue
la gran ruptura con la antigüedad; ruptura dramática que hizo
que el concepto no fuera adoptado con facilidad; fue considerado incluso
un barbarismo que implicaba artificialidad y exageración.
Al principio
incluso Kant hizo caso omiso pero más adelante lo incorporó
en La crítica del juicio advirtiendo que el juicio del gusto no
es un juicio lógico, sino estético, siendo que su base no
puede ser otro que subjetivo(3); más tarde Hegel la adoptó,
instaurándose, junto con la Ética y la Lógica, en
una de las grandes divisiones de la filosofía; en este contexto
diría Hegel: "El arte, desde el punto de vista de su destino
más alto, es algo que para nosotros pertenece al pasado"(4). Frente al
"idealismo subjetivo" kantiano responde Schelling: la belleza
no es otra cosa que la armonía entre los polos de la existencia
(idea-forma, esencia-substancia, invisible-visible). El arte, dice Schelling,
tiene precisamente la misión elevada de hacer posible esta armonía:
el arte no es ya una "imitación de la naturaleza" sino
la representación sensible del principio oculto (al que llamará
Absoluto) que vincula todos los grados de manifestación. Si la
naturaleza es una representación del pensamiento divino, el arte
rivaliza con ella: así queda definitivamente establecida la absoluta
independencia del arte con respecto a una concepción sagrada (cuyo
soporte era el símbolo, rito y mito) propia del arte tradicional.
Pero debido a que Schelling todavía relaciona el arte con cierta
manifestación del "espíritu" se ve en la necesidad
de definirlo en tanto que órgano de la religión, de la que
toma la iconografía necesaria en su representar; la asimilación
de lo sagrado con lo religioso (por lo demás criticado por muchos
de sus interpretes), la vinculación del arte con la religión
y la filosofía, resulta un supuesto insostenible no ya en términos
tradicionales, a los que Schelling no tenía por qué dar
cuenta, sino en términos de filosofía mítica y/o
racional. Un punto
de inflexión en el concepto "estética" se produce
con A. Schopenhauer, para quien el mundo es una representación
de la voluntad del hombre, excepto por lo que respecta a la percepción
estética en donde lo volitivo, la voluntad, se inhibe; la experiencia
estética es fundamentalmente una "contemplación".
El hombre no puede decidir si una cosa le gusta o no, la voluntad ("...
la agitación y la turbulencia que ocasiona la violencia del querer...)
es motor de la acción y la percepción estética no
requiere de ella; exactamente se contrapone a ella. Todo se justifica
por una finalidad (es decir, por un juicio lógico) menos el juicio
estético que no tiene objetivo más que el de agradar o no;
en este sentido es puramente objetivo y desinteresado. El hombre delante
de los objetos somete sus facultades mentales a la pura percepción
de este objeto, olvidándose de su personalidad y doblegando su
voluntad (su razón o juicio lógico en sentido kantiano):
esta actitud de sumisión pasiva a los objetos o estado mental es,
dirá Schopenhauer, "contemplación" o "placer
estético" y la actitud que tal predisposición requiere
la denominará "actitud estética"(5). En
Schopenhauer el conocimiento se emancipa de lo volitivo, ciertamente,
pero siempre este conocimiento es un conocimiento estricto del fenómeno
observable y de las leyes que lo determinan o fundamentan: Epicuro es
el gran referente de Schopenhauer(6); no es ya filosofía
como una propedéutica o como "amor a Sophia", sino filosofía
(o "experiencia estética") como modo de vida, lo que
llevará a considerar el arte también como modo de vida y
no como sistema de conocimiento. Cuando Schopenhauer dice que la "actitud
estética" es ratio sine qua non para el conocimiento de la
idea, esta idea o ideas lo son en tanto que imágenes de las cosas
que penetran por los sentidos.
Es cierto que, como en el epicureismo,
se descartan los placeres sensuales en pos de otros más sutiles
o "espirituales" -más ascéticos, por así
decir- pero no es menos cierto que se persiguen tales placeres sólo
en aras de "bastarse a sí mismo", de ser imperturbable
e inalterable frente al mundo y sus vicisitudes, no en aras de adquirir
ningún tipo de conocimiento que trascienda la propia generalidad.
No hay, en definitiva, un interés por la Verdad. A partir de aquí
sentimental, estético y materialista confluyen irremediablemente
en el arte siendo éste su máximo exponente: "La obra
de arte, dirá Schopenhauer, no es más que un medio destinado
a facilitar el conocimiento que constituye el goce estético...
el artista nos presta sus ojos para mirar el mundo"(7). A partir
de aquí, y a través de la filosofía, la estética
irrumpe definitivamente en el concepto de arte. El artista romántico
pretende idealizar la "realidad sensible"; al artista tradicional
lo que le interesa en hacer sensibles las ideas(8). La dialéctica
romántica objeto-sujeto promueve un conocimiento del fenómeno
en la medida que el sujeto se confunde con el objeto, pero nunca llega
a ser un conocimiento puramente intelectual o espiritual porque no lo
trasciende, ya que bien podría decirse que cuando la inteligencia
se hace cómplice de las formas deviene razón discursiva.
Esto me ha parecido una verdad inherente a la teoría, por así
decir, del conocimiento (y del arte) tradicional que no puede ser advertida
más que situándose en su seno. No sólo
el arte ha pasado a ser "una forma de pasado" (Hegel), ahora
el arte no tiene pasado. No sólo el arte rivaliza con la naturaleza
(Schelling), ahora el arte se manifiesta como sin rival. Ahora, la naturaleza
imita al arte. En este punto, el "arte moderno" se opone radicalmente
al arte tradicional(9): el paradigma "arte moderno" adquiere
estatuto propio. Esto incorpora,
pues, un paradigma nuevo e irreconciliable con la idea tradicional de
arte; podría decirse que, en el mejor de los casos, las cosas no
han variado cualitativamente hasta hoy: a partir de aquí se suceden
las teorías, algunas de ellas opuestas, sobre el arte y la teoría
del arte; la estética y el arte entraron, a través de la
teoría del hedonismo, en el dominio de la psicología. Ya
Descartes había identificado la percepción de la belleza
con el placer y a partir de aquí identificar el arte y la belleza
con el "placer de la imaginación", es decir con la pura
y simple (aunque sin duda fértil) fabricación de imágenes,
fue un paso lógico.
La teoría del Einfühlung -oponiéndose
radicalmente a la teoría de la "contemplación"
romántica- postula que es el sujeto quien confiere al objeto unas
propiedades que él no tiene (es lo que se llama, no sin error-
la empatía o simpatía simbólica). Sólo
dos referencias a título de ejemplo: en 1919 aparece "Sullarte
metafísica" de De Chirico, artista de gran influencia, que
desarrollaría lo que el llamó la "estética metafísica"
-cuyo fundamento debemos buscarlo en el idealismo alemán de Kant
y Hegel-. Él definía su arte como "arte nuevo"
que requería cierto "espíritu profético"
para ser llevado a cabo y, también, para ser comprendido. La "estética
metafísica" es una suerte de visión "espectral"
que consiste en ver ilógicamente (en este contexto, irracionalmente,
y esta irracionalidad es la que se contrapone radicalmente a la idea tradicional
de arte; por ejemplo, se contrapone a Platón) la concatenación
lógica de las cosas o acontecimiento de la vida cotidiana. No es
menos significativo que De Chirico se refiera a un tipo de "hombre
ametafísico", que él llama "hombre imbécil",
al que le atrae "la masa, la altura y el infinito", mente del
cual compara con la psique femenina e infantil (sic)(10). Un arquitecto
de tanta influencia como Le Corbusier afirma que a él lo único
que le interesa es la estética(11) y plantea así
la arquitectura como un fenómeno plástico (lo que llevó
a P. Valéry a llamarla, premonitoriamente, "arquitectura viuda"(12)),
una "machine à habiter", preñada de valores formales que le
confieren belleza propia: la arquitectura es, dice Le Corbusier, "
el juego sabio, y magnífico de las formas bajo la luz". No
es de extrañar que los valores propios de la arquitectura y el
arte tradicional pasaran a ser no sólo olvidados sino estigmatizados
como antigüedades vacías de contenido: "... (la Edad
media), dice Le Corbusier, estaba arraigada en hechos aún bárbaros...";
"el Renacimiento, continúa, fue un período de claridad
intelectual que alcanzó la todopoderosa horizontal";
más adelante: "Pitágoras (...) estaba obligado a ofrecerse
mentalmente a los deleites de la geometría mientras que nosotros
los tenemos cotidianamente al alcance de la mano"(13). A modo de
conclusión: la realidad se manifiesta o "se da a presencia"
por medio de formas (formas que se relacionan y se cuantifican) y nos
damos cuenta de ellas mediante el conocimiento estético: ésta
es la máxima de los estetas.
Tal consideración niega el
hecho de que pueda haber realidades sin forma, mejor, sin figura ni dimensión,
y este es el gran giro que marcará el abandono de la idea tradicional
del arte porque ésta no sólo presupone tal consideración
sino que lo que pretende es "dar forma" a estas realidades (Ideas,
para expresarlo rápidamente) haciéndolas sensibles; en ello
reside la operatividad del arte. En cualquier caso, por una parte se afirma,
simultáneamente, el sentido narrativo y formal del arte dentro
de la más estricta dialéctica sujeto-objeto, y por otra
se justifica el arte por sus valores semióticos y reivindicativos
(cuando no económicos), ya sea de lo social como de lo particular.
Esto me ha parecido un carácter común a la fragmentada y
progresiva teoría del arte del s. XX, fiel y máxima expresión
del paradigma "arte moderno", porque, como veremos a continuación,
parece que, llegados a este punto, puede efectivamente establecerse una
contraposición (siempre en aras de expresar claramente aquello
de que se trata) entre "arte moderno" y "arte tradicional"
ya que constituyen dos paradigma distintos e irreconciliables.
II. Apuntes
sobre dos paradigmas
En la Grecia
presocrática se dieron dos "corrientes de pensamiento"
claramente diferenciadas y que, en cierta medida, podrían ejemplificar
la cuestión de modernidad-tradición: la corriente "jonia"
y la corriente "italiana" La primera, de carácter prosaico
y racional, aferrada a la "mortalidad" del pensar (por ejemplo,
Píndaro, Ístmicas, V, 14: "No te esfuerces en llegar
a Zeus
A los mortales conviene lo mortal" y Píticas,
III, 61: "No pretendas la vida inmortal, alma mía
"),
y la segunda tendente a una conversión a lo divino como finalidad
legítima, esencial y última de la vida humana, lo que incide
implícitamente en su trascendencia (por ejemplo Pitágoras
del que Jámblico, V. P. 137 dice: "Aristoxemo decía
de Pitágoras: Cualquier tipo de distinción, que establecen
respecto a lo que debería hacerse o no, tiende a una conformidad
con lo divino. Este es su punto de partida, la totalidad de su vida se
dispone con miras a seguir a Theos y éste es el principio rector
de su filosofía.").
Aristóteles y Platón
podrían considerarse también en los mismos términos,
considerando a Aristóteles "la modernidad" con respecto
a Platón; la razón es la siguiente: Aristóteles suplanta
el mito por la filosofía racional, y este fue un notable signo
de "modernidad". La idea es: a partir de Aristóteles,
el yo se sitúa como razón última de nuestro saber
frente a la consideración tradicional que sugiere y promueve la
necesidad real de un principio superior (Ser o Unidad) del cual derivan
toda forma de especulación y realidad, considerándolo, a
su vez, como fin último, más allá del yo subjetivo,
de todo conocimiento real (precisando que este Ser ha sido considerado
siempre no sólo como objeto y sujeto del conocimiento sino como
Conocimiento mismo y en esto se distingue claramente del Absoluto romántico
elaborado por Schelling). Esto puede aplicarse a la concepción
del arte porque a partir de Aristóteles, aunque, ciertamente, con
notables excepciones, por lo demás ya de todos conocidas, el arte
entró a formar parte de la filosofía racional. Intentemos
pensarlo así: "arte tradicional" y "arte moderno"
son dos paradigmas distintos e irreconciliables; el primero encierra un
paradigma esencialmente unitario (contenido), aunque substancialmente
diverso (obra), resuelto en torno a un dispositivo simbólico que
fundamenta el hecho mismo de hacer arte en la medida que cualquier actividad
artística rememora real y efectivamente, bajo las formas que fueren,
el gesto divino de creación cósmica, expresado en términos
simbólicos por la Cosmogonía, lo que supone situarse en
una cosmovisión que todo lo ordena y lo remite a un Principio superior
del cual "emana" su realidad(14). En esta reminiscencia,
en este esfuerzo de "no-olvido", anámnesis, consiste
el méthodos (en el vocablo griego méthodos está hodós
-camino-) de conocimiento o gnosis. Así, la única "teoría
del arte" que puede atribuirse al arte tradicional son todos aquellos
textos sagrados(15) que conforman el quicio mismo de la tradición,
revelada siempre por un dios mediador, héroe fundacional o potencialidad
celeste, que informa e instruye al hombre de las leyes o normas a las
cuales deberá adecuar su actividad. "Arte moderno", por
el contrario, encierra un paradigma exento de todo valor trascendente,
sin leyes ni normas excepto aquellas que se agotan en la formulación
misma del objeto (ya sea este una teoría) en particular o del "estilo"
en general.
En esto
se basa A. K. Coomaraswamy y otros autores, cuando distinguen entre "artes
anormales" (variables e individualistas) y "artes normales"
(las tradicionales). Implícita en esta distinción, y puesto
que no intervienen en ella, al menos directamente, cuestiones relativas
al devenir histórico subyace un reto, a saber: si el arte que un
artista practica, en la medida que ello fuere, posee un valor simbólico
y trascendente y se sustenta en una Scientia, tal obra de arte no puede
ser incluida dentro del paradigma "arte moderno"; la "normalidad"
o "anormalidad" aludida remite, interpreto, a su sentido radical:
norma es escuadra, dicen los antiguos etimologistas, aquello sin lo cual
nada puede hacerse recto; además la idea de verticalidad está
implícita en la de normalidad: la influencia espiritual y la referencia
a los principios o arquetipos, y su concurso en la práctica del
arte, está implícita en el arte tradicional. Porque,
"arte tradicional" no es sólo un arte en concreto (me
refiero a una obra de arte en concreto o a un estilo en general) sino
una manera-de-hacer-arte en donde lo esencial no es sólo el contenido
simbólico sino también el concurso del espíritu en
el mismo hacer-arte; perder el contenido simbólico significa perder
la raíz. Porque "arte tradicional" es algo relativo al
acto mismo de producir objetos y al objeto en sí en tanto que "muestra
ejemplar" o "mapa de conocimiento"; "arte moderno"
remite, de principio a fin, al objeto en sí o a la época
histórica en la que éste se formó. El paradigma "arte
tradicional" no se sostiene ni enmarca dentro de una Historia del
arte, todo y que se da en la historia porque "las cosas" se
dan en el tiempo y en el espacio; es su referente que se sitúa
en un "presente eterno" siempre actual. "Arte tradicional"
no contempla las ideas de evolución y progreso, más bien
las niega porque remite a las Ideas o arquetipos y no a las cosas en su
ser espacio-temporal; "arte moderno" está arrebatado
por el flujo del devenir.
En este sentido, si la Tradición es transmisión
de la doctrina de orden intelectual (espiritual)(16), ésta
debe atravesar necesaria y normalmente la historia, aunque el flujo y
reflujo del pensar humano optimiza ciertos períodos a su favor,
y a otros los hace en cierta medida opacos a ella, tal el caso de nuestra
férrea estructura contemporánea. Brevemente: al plantear
la cuestión de la a-historicidad de la Tradición implícitamente
estamos planteando la de las Ciencias tradicionales, porque nada impide
que si se dan determinadas condiciones un ser pueda actualizar los contenidos
de la Scientia y en el seno de nuestro tiempo ejercer un Oficio; en el
bien entendido de que en tal caso, no se entraría jamás
ni en contradicción ni en diálogo con el "arte moderno",
porque siempre constituirían paradigmas distintos e irreconciliables,
y en el bien entendido, también, de que no se plantea la necesidad
de una "élite" establecida a priori (17). "Arte
tradicional" se vincula especialmente a la habilidad del artista,
al conocimiento que este posee de su oficio, tanto de la técnica
como de las leyes de la materia con la cual debe trabajar y a la cual
debe "informar" de cuales son aquellas "formas" que
se le requieren para expresar cabalmente la idea concebida: sólo
el artista sabe cómo hacer el qué(18), ya que podemos
saber muy bien qué hacer y no acertar en el cómo o, en otras
palabras, podemos conocer muy bien las reglas de un arte y no acertar
a ponerlas en práctica lo que no sería más que una
muestra del desconocimiento que poseemos de las leyes de la materia. Por
ello mismo lo que interesa al arte tradicional es lo que se dice y no
quien lo dice(19). El "arte moderno" no requiere, al
menos en su formulación teórica, especialización
alguna y cuando se lo vincula principalmente al conocimiento de la técnica,
en sentido amplio del término, automáticamente al (supuesto)
artista se le considera un ser prisionero de lo cuantitativo: por ejemplo
un ingeniero que, en términos tradicionales, como dice Coomaraswamy,
está más cerca del arte que un surrealista. "Arte
tradicional" es algo relativo a la cognición (gnosis): cualquier
actividad humana que implique inventar, disponer libremente o manipular,
ya bien sea el mundo constituido o la subjetividad, no constituye, en
términos tradicionales, ninguna actividad artística; si
el Ars fuera un saber, ya que propiamente el saber es la Scientia, diríamos
que no es un "saber de invención", sino un "saber
de descubrimiento".
En otro lugar apunté la idea de que hacer
arteno es manipular en mundo constituido sino constituir originalmente
el mundo, de ahí que no se trate de ningún cálculo
o adecuación (adecuatio) entre la idea y la cosa sino de un "desvelamiento"
(al.letheia) de la verdad "oculta tras los ropajes de la falsedad"(20).
En otras palabras: el "arte tradicional" considera el intelecto
del artista como fiel receptáculo de las ideas (de los arquetipos
que el artista mismo tipifica en virtud de su discernimiento) o, si se
quiere, como fiel imagen del Intelecto divino, no habiendo opción
a la especulación personal aunque cada artista es único
en su modo de representar. El "arte moderno" identifica inteligencia
y sentimientos en un afán, sin duda lícito, de buscar un
lenguaje "esencial" desde el yo subjetivo, desde una visión
individual e intransferible de la realidad -incluida la psique- a través
de la experiencia "vivencial" del mundo, entendiendo "mundo"
en sentido pleno romántico y "vivencia" como el contenido
total de la persona en existencia, lo que ella conoce, siente y ama (Husserl);
esto se nota, acaso con mayor claridad, en la poesía contemporánea.
En este sentido, "arte tradicional" es cualquier actividad productiva
siempre y cuando se base en principios eternos e inmutables de los que
se alimenta en su operación externa(21) (lo que conforma
la Scientia, es decir, la disciplina(22)) por lo que el arte no
deja margen a ningún tipo de fantasía o libre disponer del
artista; el "arte moderno" no necesita de la Scientia más
bien se opone a ella en la medida en que se instituye como expresión
máxima de la subjetividad considerando a ésta como el valor
más profundo del ser humano. La tiranía que la modernidad
ejerce sobre los que tienen "genio (ingenium o daimon) de artista"
consiste precisamente en hacerles creer que la libertad fáctica
es el motor de la acción, lo que genera, dicho sea de paso, un
efecto contrario: la esclavitud que supone la voluntad apriorística
de "ser artista" en la medida que se sustenta sobre una ilusión(23).
"Arte
tradicional" implica la producción de objetos útiles
simbolizantes porque participan de lo funcional tanto como de lo espiritual;
esta "utilidad simbolizante"(24) es la que confiere belleza
a la obra de arte ya que el arte tradicional sólo distingue utilidad
y belleza en términos lógicos, no reales u objetivos(25).
El "arte moderno" produce objetos útiles y/o inútiles
con o sin significado, por ello el paradigma que encierra está
vinculado, indistintamente, a la semiótica (de hecho es objeto
de su estudio), incluida en la semiótica tanto la a-significación
como lo insignificante, algo que es impensable en una obra de arte tradicional.
El arte tradicional es teoría -contemplación- y práctica
-acción-, una actividad enérgica y dócil a la vez:
dócil con respecto a los principios, ideas o arquetipos y enérgica
con respecto a la materia o al mundo; esta idea queda recogida en el sentido
original de la poiesis griega: sólo la contemplación predispone
al artista para ser fecundado, así "creativo" y radicalmente
original(26). En fin,
lo que se ha discutido aquí, y que constituye un fehaciente signo
de "modernidad", es el vacío simbólico y la consecuente
adopción de alegorías -en el mejor de los casos metáforas-
mecánicas, funcionalistas y sentimentales en todo el despliegue
teórico artístico desde, al menos con mayor claridad, a
partir del s. XVIII. Vacío con respecto a una concepción
absoluta propia del arte tradicional en torno a un dispositivo simbólico
fundamento tanto del conocimiento supraindividual como del fundamento
mismo del hacer arte.
III. Acerca
del método
"...quien
ejecuta la acción como un deber, sin apetencia por el fruto de
la acción, renuncia a la acción al mismo tiempo que la realiza.".
Bhagavad Guita, VI.
Arte es,
radicalmente, hacer (poiesis), y hacer ritualmente. Este hacer implica
una doble proyección: ad extra, esto sería una actividad
generadora de unos resultados (obra), una facultad de obrar o conjunto
de operaciones propias del artista y ad intra, esto sería una acción,
una acción de conocimiento (co-nacimiento), propiamente una gnosis,
el ejercicio de una potencia (dynamis): "a medida que construyo me
voy construyendo" dice el Eupalinos de Paul Valéry(27). Sin materia
no hay arte: no se puede hacer sin que algo sea susceptible de "moldearse";
la actividad artística requiere una materia, la propia de cada
arte, para que ésta pueda ser informada de cuales son aquellos
requerimientos formales y funcionales que ha de presentar para adecuarse
a la idea concebida por el artista(28). La acción artística
requiere igualmente una materia: en este caso la materia es el hombre
mismo, su psique en sentido amplio, su alma, que igualmente es informada
por el conocimiento o reconocimiento, que ella tiene de los principios.
Este "informar" se ha descrito frecuentemente como un "quitar
lo que sobra" o "pulir" la materia; Dionisio Areopagita
compara la vía negativa de conocimiento con la obra de un escultor:
"Esto no se diferencia del arte de los que en la piedra esculpen
una imagen que parece viva, quitando de su alrededor todo lo que impide
la visión de la forma latente, revelando su belleza oculta al quitar
lo que sobra" (Miguel Ángel dirá lo mismo refiriéndose
a la actividad del escultor); en la Masonería se asimila el camino
del conocimiento al pulimento de la "piedra bruta", quitándole
las asperezas o impurezas hasta convertirla en cúbica. Puede considerarse,
así, que la vía del arte es, en cierto sentido, una vía
apofática de conocimiento. En este sentido señalar que Sto.
Tomás cuando se refiere al arte en tanto que "imitación
de la naturaleza es sus operaciones" continua diciendo: "...
porque, así como la naturaleza sana al enfermo alterando, dirigiendo,
y echando lo que causa la enfermedad, así también el arte."
Esta es
la razón, por lo demás, por la cual se habla con propiedad
de Arte Alquímico (Scientia del cual sería la Tradición
Hermética), ya que aquí, el verdadero objeto (o materia)
de arte es el ser individual en su realidad ternaria quien pretende encarnar,
conocer y así ser, su arquetipo -lo que expresa fielmente el sentido
de "Conócete a ti mismo"- a través de una acción
de construcción (o reconstrucción) interna que puede tomar
como soporte una actividad externa a través de un Oficio; tal la
alquimia (vegetal, mineral, animal), la arquitectura y los oficios relacionados
con ella, la escritura y en general todas las artesanías. Entonces,
si el Arte es iniciación en los misterios (una iniciación
de oficio) quiere decir que el Arte es depositario, bajo ciertas condiciones
inherentes al hecho mismo de "hacer", de las posibilidades de
influencia espiritual que no existen en el ámbito profano; en ello
se reconoce implícitamente la necesidad de una filiación
iniciática tradicional. La vinculación del arte con la iniciación
se establece en virtud de su valor ritual, así simbólico(29),
en el bien entendido que en absoluto se subordina el arte al rito, al
símbolo o a al mito sino que "se trata de una misma energía
operativa en modalidades distintas... es decir, ambos tomados en sentido
absoluto, no son sino representaciones de la regeneración perpetua
del cosmos en cuanto están identificados con él, formando
por lo tanto una unidad"(30). En otras palabras, quiere decir
que el Arte en su modo de operar y de acuerdo con los instrumentos y la
materia utilizados, es susceptible de una transposición de sentido
(es decir, posee un valor simbólico) que le confiere un valor esotérico
real(31). No obstante, la cuestión no reside en formular
la naturaleza iniciática del arte, la cuestión reside en
la concepción de lo que es la Scientia; mientras planteemos la
cuestión desde supuestos estéticos y semióticos,
nada hay que podamos hacer para entender ni la idea tradicional de arte
ni el arte tradicional: es el símbolo (valor significante objeto
de revelación) y no el signo (valor significante objeto de convención)
lo que llena de contenido las obras de arte tradicional(32). La
Scientia no es una normativa canónica a la que el artista deba
rendir pleitesía sino que es aquello queconforma las bases teóricas,
el sustrato metafísico, el contenido simbólico para todo
hombre, incluido el artista.
De ahí
que el arte tradicional requiera el conocimiento previo, o la asimilación,
a veces de forma inconsciente, de un código; requiere un conocimiento
del "sistema" en el seno del cual se formula (en pleno sentido
matemático-geométrico del término) y se lee el mensaje.
Este código es el código simbólico, expresión
máxima de la metafísica tradicional. La posibilidad de figuración
del mensaje -de llenarle de contenido- viene definida por el conocimiento
de esos símbolos fundamentales que el artista plasma resolviendo
en su hacer tanto cuestiones funcionales como formales, y la posibilidad
de lectura o refiguración (inherente al hecho mismo de la percepción
del espectador) se define en la medida que las obras de arte producidas
bajo los supuestos del arte tradicional son "mapas de conocimiento"
(o, como se ha dicho frecuentemente, "soportes para la contemplación"),
en virtud de su valor simbólico, por ejemplo, un mandala, un templo...
NOTAS
1. Cf. mi artículo "Sobre la analogía y el símbolo"
en SYMBOLOS 13-14, Guatemala, 1997, pp. 87-100.
2. B. Tatarkiewicz, Historia de seis ideas, Tecnos Ed., Barcelona,
1990, cap. 11 y R. Scruton, La experiencia estética, Breviarios
del F.C.E., nº 445, México, 1987.
3. I. Kant, La crítica del Juicio, parte I, cap. 1.
4. Estética, I. Hegel reprocha a Aristóteles que
"su método (empírico e histórico) conduce a
una teoría estrecha, incapaz de comprender el arte en su generalidad";
pero también reprocha a Platón que "aislándose
en las alturas de la metafísica, no sabe descender de ellas para
aplicarse a las artes particulares y apreciar sus obras". La estética
o experiencia estética, para Hegel, se presenta como un método
síntesis de ambos procedimientos.
5. A. Schopenhauer, El mundo como voluntad y representación,
Col. Biblioteca del filósofo, Rafael Caro Raggio Ed., Madrid, 1930,
cap. 37 y 38, resp.
6. Así lo dice explícitamente en op. cit., cap. 38.
Aún anecdótico, señalar que la misma profesión
de fe epicúrea fue formulada por Schelling; la cuestión
es que cuando Goethe tuvo noticia de que Schelling quería hacer
público el manifiesto utilizó toda su influencia para que
no fuera publicado, aunque años más tarde Schelling consiguió
su propósito.
7. A. Schopenhauer, op. cit., cap. 37.
8. El sistema cartesiano no podía rebatirse más que
desde un punto de vista radicalmente idealista y esto es lo que haría
el Romanticismo; por ello entiendo que el Romanticismo es la otra cara
del sistema cartesiano, pero ninguno de ambos es susceptible de considerarse
en términos tradicionales porque ambos niegan, uno por activa (Descartes)
y otro por pasiva (Romanticismo) la trascendencia de las ideas. El Romanticismo
es un idealismo, ciertamente, pero un idealismo al revés, en este
sentido más aristotélico que platónico. Se dice "realidades
sensibles" porque las ideas también son realidades, sólo
que de un grado superior (aclaración que tomo de R. Guénon).
Puede decirse que las Ideas de Platón, como dirá Plotino,
tienen un "grado menor de eternidad" ya que lo absolutamente
eterno es el Uno o Ser en tanto que Principio. Lo eterno nunca puede ser
plural sino singular y neutro.
9. "Filosofía (...) a quien la entiende, / advierte,
y no tan sólo en una parte, / cómo natura en su discurso
atiende / al divino intelecto y a su arte; / y tras no muchas hojas repasar
/ de tu Física, cuenta habrás de darte / de que vuestro
arte estriba en imitar / a aquél, como el maestro su discente,
/ y por nieto de Dios puede pasar..." Dante, Divina Comedia, "Infierno",
Canto XI, 97-105, trad. Ángel Crespo, Planeta, 3º Ed., Barcelona,
1990. Véase también, Monarquía, II, 2, y El Convite,
IV, 9. La cita de Dante a Aristóteles se encuentra en Física,
B, 2 (BK 194a21), idea que será retomada también por santo
Tomás en Sum. Teol. I, C. 117, a.1: ars imitatur naturam in sua
operatione ("... el arte imita a la naturaleza en sus operaciones..."),
trad. en B.C.A., Madrid, 1994.
10. "Sull'arte metafisica", IN Valori Plastici, nos IV-V,
abril-mayo, 1919. Trad. de J. Pinos y Ed. de la Comisión de Cultura
del C.O.A. de Murcia, 1990, Col. de Arquitectura-23, cap. "Sobre
el Arte metafísico".
11. Le Corbusier, "El espíritu nuevo en arquitectura",
Conferencia dada en la Sorbona el 12 de junio de 1924, al Groupe détudes
philosophiques et scientifiques, y repetida el 10 de Noviembre de 1924
en la Ordre de lEtoile dOrient. Publicada en París,
1925, en Almanach dArchitecture Moderne, en Col. Of. Aparejadores
y AA. TT. Murcia, Colección de Arquitectura-7, 1993, trad. Miguel
Borrás y José M. Forcada, p. 37.
12. Paul Valéry, "Paradoja sobre el arquitecto"
C. O. Aparejadores y AA. TT. Murcia, Colección de Arquitectura-5,
Murcia, 1993, p.106.
13. Le Corbusier, "En defensa de la arquitectura" op.
cit., p. 37- 51.
14. Federico González, Simbolismo y Arte, Symbolos Ed.,
Barcelona, 1998, cap. IV, p. 71.
15. La Sacra doctrina (Sagradas Escrituras) o "única
ciencia" de Sto. Tomás, Suma de Teología, I, 1, C.1
a.3 y I, 1, C.1 a.9, trad. en op. cit.
16. La Tradición tal y como ha sido definida por R. Guénon
(Introducción general al estudio de las doctrinas hindúes,
trad. Rafael Cabrera, L.C. y Ecología Editora Arg., Col. Perseo,
1988, Buenos Aires, p. 73.) no es un sistema o Estructura (en el sentido
antropológico que da al término Lévi-Strauss) sino
una doctrina revelada de orden intelectual (y la transmisión de
este conocimiento).
17. "Si verdaderamente eres de una élite, casi no te
enteras de ello, y no tienes ninguna pretensión al respecto, igual
que si eres ser un noble no tienes aspiración a serlo, lo eres
por naturaleza. Querer pertenecer a una élite, según lo comprendemos,
es bastante como querer ser de la sociedad o aparecer en la
prensa del corazón, o sea, ambiciones meramente profanas;
o lo que es lo mismo que apetecer ser un miembro conspicuo de un entorno
donde no sólo se es brillante -o respetable-,
sino que se adquiere una notoriedad desde luego egótica,
olvidando aquello de que mi reino no es de este mundo..."
Federico González, "Esoterismo y Fin de Ciclo (2)", Symbolos
19-20, p. 347, Guatemala, 1999.
18. Véase "Atenea y Hefesto" de A. K. Coomaraswamy,
en Doctrina tradicional del arte, José J. de Olañeta, Ed.,
Palma de Mallorca, 1983.
19. Con respecto al sentido del anonimato puede verse René
Guénon, El Reino de la Cantidad y los signos de los tiempos, Ayuso
Ed., Madrid, 1976, cap. IX. También A. K. Coomaraswamy, La filosofía
cristiana y oriental del arte, Taurus, Madrid, 1980, cap. II, quien cita
a Santo Tomás y a San Ambrosio.
20. Platón expulsa de la República (La República,
Libro III) a los artistas que mediatizan el arte, a los que pasan a través
del tamiz de su individualidad la expresión de las ideas, los que
hacen o dan una imagen errónea de la Idea. Un ejemplo histórico
de un expulsado de la República sería Miguel Ángel
y Rafael el "poeta" ortodoxo, el que representa la idea sin
más, sin poner ni quitar nada; véase, por ejemplo "La
transfiguración de Cristo", en donde se representa a la belleza
(no la Belleza platónica sino la belleza que representa la forma,
los sentidos, etc.) y al Loco juntos: la Belleza está señalando
al Loco como diciendo que la verdadera "vía" es él
y no ella; no tenemos espacio aquí más que para apuntar
la herencia hermética de tal concepción.
21. "Pues la ciencia de Dios es a las cosas creadas lo que
la ciencia del artista a su obra." Sto. Tomás, Suma de Teología,
I, 14,8.
22. "El término disciplina tomó su nombre de
discere (aprender). De ahí que pueda llamarse también ciencia:
scire (saber) deriva de discere (aprender), ya que nadie scit (sabe),
sino el que discit (aprende). Por otro lado, se la denomina disciplina,
porque discitur plena (se aprende entera." San Isidoro de Sevilla,
Etimologías, B.A.C., 433, Madrid, 2ª ed., 1994, I,1,1.
23. "La libertad, al convertirse en licencia, forja sus propias
cadenas" A. K. Coomaraswamy, La filosofía..., op. cit., cap.
III.
24. Esta "utilidad simbolizante" tiene que ver con la
transmisión del contenido tradicional o con la educación
propiamente dicha. Véase A. K. Coomaraswamy, La filosofía...
op. cit., cap. II.
25. Véase A. K. Coomaraswamy, La filosofía ..., op.
cit., cap. I.
26. Contemplación que sustenta, por lo demás, el
concepto de inspiración, véase Dante, La Divina Comedia,
"Purgatorio", XXIV, 52-54; Platón, El Banquete, 197a;
Juan, VII, 16-18 y Plotino, Enéadas, IV, 4, 2.
27. Paul Valéry, Eupalinos ou l'Architecte, Gallimard, 1923,
París; trad., Eupalinos o El Arquitecto, de Josep Carner, C. O.
Aparejadores y AA. TT. Murcia, Colección de Arquitectura-5, 1993,
Murcia.
28. "La forma de la casa se origina en la materia sólo
por el arte" Sto. Tomás, Sum. Teol., I, C 117, a.1. d. en
op. cit.
29. "Todo rito mimético es por naturaleza una obra
de arte". A. K. Coomaraswamy, "La filosofía cristiana
y oriental (o verdadera) del arte" en La filosofía... op.
cit.,, p. 40, n. 41. Por otra parte, esta iniciación es una iniciación
por grados: en la Edad Media, las siete "artes liberales" se
hacían corresponder con los siete "cielos" (p. e. Dante,
El convite, II, XIV).
30. Federico González, Simbolismo
, op. cit., cap.
IV, p. 77.
31. Véase R. Guénon, "Linitiation et les
métiers", y "Les arts et leur conception traditionnelle"
en Mélanges, Gallimard, París, 1976.
32. Por "revelación" entiendo aquello que se hace
manifiesto a través del símbolo. Por convención entiendo
un mensaje que se hace comprensible sólo mediante señas
o señales establecidas a priori para un conjunto socio-político-cultural.
La semiología moderna ha pretendido una explicación significativa
de la simbólica tradicional; véase por ejemplo Carlo Sini,
Passare il segno, Il Saggiatore, Milán, 1981 (trad. al castellano
en Mondadori, Madrid, 1989) al interpretar la cosmología mesopotámica
en términos de semiología. C. Sini se fundamenta en el filósofo
americano Pierce quien ha substituido la teoría de la anamnesis
platónica (Fedro, 249b-c) por la de la "semiosis infinita". |