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Los contenidos
intelectuales implícitos en la Tradición diríase
que no están ahí solamente para entenderlos, sino para realizarlos;
esta "realización intelectual" está íntimamente
unida a esto que convenimos en llamar, no sin cierta ambigüedad,
"intuición intelectual" (lo más próximo,
en nuestra tradición filosófica, sería, acaso, el noeîn parmenídeo), que contraponemos a la intuición
sensible, racional o sentimental, porque aquella no conoce por comparación
sino por unión o síntesis, refundiéndolo todo en
la Unidad primordial aún no diferenciada, según se enseña
en el Chuang-tzu (Cap. II). Entre la intuición intelectual y la sensible
no hay medida común; la primera no es "algo más"
que la segunda y aunque toda intuición sea necesariamente una expansión
de la conciencia la intuición intelectual es necesariamente una
revelación (simbólicamente relacionada con la vertical)
mientras que la intuición sensible es concordia, afinidad, simpatía
o empatía (simbólicamente relacionada con la horizontal).
Hemos dicho "realización" pero también, y acaso
de conformidad al tiempo presente, diríamos de buen grado "vivencia"
pues mediante esta palabra se puede establecer una implicación
directa entre los contenidos intelectuales de la tradición (lo
que llamamos doctrina tradicional) expresados mediante el símbolo,
el rito y el mito, con el acontecer vital, de manera que éste se
da a presencia en toda su extensa realidad en tanto soporte simbólico
al conocimiento: la vida es, como dice Platón, "movimiento
espiritual".
En términos
tradicionales e iniciáticos se insiste también en que el
conocimiento (gnosis) no tiene que ver sólo con una percepción
o aprendizaje sino más exactamente con una concepción (noêsis):
es el corazón (simbólicamente el intelecto, el cuore gentile de los Fedeli d'Amore) quien conoce o concibe (y así "renace"),
no la razón o el sentimiento. Platón, por ejemplo, habla
de esta concepción (lo que se resuelve en un estado de preñez
-del alma-, según dice) en El banquete, en los diferentes niveles
que puede ser considerada, desde la concepción de un hijo hasta
la concepción de la Idea; ahí la filosofía, viene
a decir Diótima, queda atrás, "toda ciencia trascendiendo".
En cualquier caso esta concepción es siempre providencial, pues
"el espíritu sopla dónde quiere", lo que viene
a significar en último extremo que el conocimiento, aún
siendo una prerrogativa específicamente humana (pues es éste
un conocimiento que acontece en el alma) no se da por su propia voluntad
si no más bien por una "actividad dócil y pasiva"
o predisposición tanto a conocer como a ser conocido, valga la
expresión, pues es a la vez agente y paciente del conocimiento.
En el Bhágavad-Gitâ se dice que esta "pasividad"
es en realidad una actividad que debe ejecutarse como un deber, sin apetencia
por el fruto que de ella se desprenda, porque de esta manera se renuncia
a la acción al mismo tiempo que se realiza y no apetecer el fruto
de la actividad es "deleitarse en la serena paz de la meditación";
mientras podemos relacionar la actividad con la vía contemplativa
(interna), la acción lo estaría con la vía activa
(externa). Diríamos, además, que meditar no sería
otra cosa que contemplar el símbolo pues contemplar implica, radicalmente,
la idea de síntesis, unión, fusión.
Parece pues
necesario el estudio y el trabajo con el símbolo (rito y mito)
ya que para que esta concepción acontezca se necesita de un "estado
de ánimo" previo o "estado de fertilidad" según
el cual -y para la cual- es necesario un "entrenamiento" o
"ejercicio", es decir, una meditatio, y en cierta medida una
rutina, sin detrimento de que este "entrenamiento rutinario"
o cotidiano, no sea en realidad, y pese a las apariencias, la "práctica
del Arte" propiamente dicho, pues se establece conforme al rito y
articula aquello que en principio está escindido: en términos
herméticos "espiritualiza la materia y materializa el espíritu".
Si fuéramos griegos clásicos diríamos que esta "práctica
del Arte" o ejecución de la Gran Obra, es poiêsis, allí
donde teoría y práctica son dos caras de la misma moneda:
saber y conocer no están desvinculados, en términos tradicionales,
del "hacer", es sólo en la modernidad que acontece esta
separación. Acaso sea la carta del Tarot El Mago la que mejor
simbolice a este Artista (en realidad un teúrgo), que es el hombre
en busca del conocimiento, que sin quitar ni poner nada hace que "lo
semejante se conozca por lo semejante" (1), ejerciendo así
la función de intermediario entre "lo de arriba" y "lo
de abajo" -en términos herméticos, según la
Tabla Esmeralda- asignada tradicionalmente al Hombre primordial.

Los estados múltiples del Ser
Esta articulación
no es, por lo demás, una yuxtaposición, ni un ensamblaje
o maclaje; articular es establecer una proporción y encontrar aquellos
elementos en los cuales y me-diante los cuales pueda haber una identificación
o participación entre cosas separadas o "aparentemente"
distintas, pues no contradictorias. Esta proporción es, radicalmente,
analogía. Las analogías se establecen entre lo sensible
y lo inteligible, según la ya secular distinción platónica,
y la ciencia que las estudia es la cosmología, que no es una ciencia
positiva ni experimental -no puede compararse con la ciencia moderna,
cuyo paradigma es el método cartesiano-, pues la cosmología
se apoya en principios metafísicos y no en hipótesis filosóficas:
su estudio se establece en relación a la cosmogonía, en
relación a la jerarquía de las Ideas ejemplarmente narradas
por el relato de fundación cósmico.
Se plantea
pues, acaso de una manera demasiado precisa o esquemática, pues
las cosas nunca son tan sencillas, la necesidad de distinguir, sólo
para entender claramente aquello a lo cual nos estamos refiriendo ("Distinguir
es hacer y hacer es deshacer la unidad" advierte Chuang-tzu, cap.
II), dos puntos de vista que deben entenderse como complementarios pues
son dos maneras distintas de encarar una misma idea. Lo que llamamos
el punto de vista metafísico (o cosmogónico) y el punto
de vista cosmológico. El primero sería el que tendríamos
situándonos del lado del Principio (centro) y el segundo sería
el que tendríamos situándonos del lado de la manifestación
(periferia), del lado de un ser determinado por ciertas condiciones que
lo definen y así limitan. Ver la lógica de la manifestación
universal, es decir, situarse en el "lugar" del Principio es
algo que resulta del todo imposible desde un punto de vista de un ser
relativo, porque su lógica es necesariamente supraformal. El punto
de vista cosmológico es, pues, el que se toma como base para establecer
las analogías; es siempre lo "inferior" que es símbolo
de lo "superior" y no al revés. El punto de vista cosmológico
es el punto de vista propio del Hermetismo, de la Alquimia y de la Masonería.
Nos preguntamos,
pues, por la ley de la analogía y en consecuencia por el significado
del símbolo, es decir, por aquello a lo cual el símbolo
señala. La analogía es la ley o norma en virtud de la cual
los símbolos son vehículos del conocimiento: analogía
y símbolo están relacionados por un vínculo causal.
Porque hablar simbólicamente no significa hablar hipotéticamente
sino hablar precisamente en virtud de correspondencias posibles, y así
reales, entre entre el Ser y el Mundo: estas correspondencias no pueden
ser literales, es decir, término a término, sino proporcionales
y esta proporción está resuelta en base a un despliegue
ideológico fundamental que llamamos cosmogonía. No vamos
a apuntar, pues, más que dos ideas: con respecto a la analogía
aquello que la fundamenta; con respecto al símbolo, su significado.
La cosmogonía
es un relato (mito) que narra en términos paradigmáticos
un acontecimiento primordial: la producción o formación
del Universo creado. La cosmogonía no puede ser explicada más
que recurriendo al mito porque narra el paso de lo eterno (lo inmutable,
"lo que siempre es y no deviene", como dirá Platón)
a lo espacio-temporal (lo mutable, "lo que siempre deviene pero nunca
es"), y este paso o acontecer no puede ser explicado más que
en tér-minos intemporales, es decir, en aquellos términos
que es-tán entre lo atemporal (eternidad) y lo temporal (espacio-tiempo).
Es frecuente utilizar la imagen de un Constructor o Arquitecto, que siempre
es un intermediario entre el Principio y el mundo manifestado, para describir
el agente de este acontecimiento: el Artesano o Demiurgo platónico
(Timeo, 29e-32b) que toma como modelo la realidad eterna y realiza una
copia de ella (que será el Mundo) según cier-tos criterios
de "producción técnica", allí donde tecné
es Arte (articulación y rito); el Gran Arquitecto del Universo
hermético-alquímico, figura ejemplar en la Masonería;
Wishwakarma o Espíritu de Construcción Universal (imagen
de Ishwara para un grado determinado de mani-festación del Principio
o Unidad primordial) en la tradi-ción hindú; los Elohim
(potencialidades celestiales) según relata el Génesis y
que producen el mundo según tres nive-les arquetípicos:
Crear (Gn. 1-27), Formar (Gn. 2-7) y Hacer (Gn. 2-9) (2), etc. Este Constructor
debe entenderse en tanto que un principio y no en tanto que un personaje
mítico, aunque sea a través del mito (así del símbolo)
que éste en-cuentre su expresión cabal, como no podría
ser de otra manera; considerarlo en tanto que un principio (Guénon
dirá "principio de inspiración", así Hermes
en otro orden de cosas) no implica negar o relativizar la unidad propia
-axiomática e indivisible- del Principio o Unidad metafísica,
sino que implica considerarlo uno con el Principio -es decir, la "presencia"
del Ser en distintos niveles-; es sólo en la medida que nosotros
establecemos cualquier distinción que esta es real.
Propiamente,
no obstante, el acontecer cosmogónico tiene su "origen"
en la Suprema realidad de un "ámbito" ininteligible (cuya
inteligibilidad será posible precisamente en virtud de este mismo
acontecimiento que le dará "forma") y su "fin"
en la creación de la materia y del mundo. A partir de este último
episodio de manifestación será posible, mediante un proceso
intelectual recuperar o reconocer aquella realidad primera que con-formó,
en tanto que Principio o arjé, el mundo manifestado. Recuérdese
que para Platón, y posteriormente para Plotino y los neoplatónicos,
los niveles o grados de realidad u objetivación (lo que se llama
hipóstasis) fundamentan los niveles de conocimiento; entonces,
así como la cosmogonía es un acontecer jerárquica-mente
"descendente" que se estructura, mediante una auténtica
(es decir, que contiene oro, el "oro filosófico") jerarquía
(3) ideológica, a partir de sucesivas (4) hipóstasis
u objetivaciones de la Unidad a la multiplicidad, el acontecer intelec-tual
o iniciático es un pro-ceso ascendente -también jerár-quico
por cuanto es análogo al cosmogónico- de la multiplicidad
a la Unidad. Utilizando el símbolo de la cir-cunferencia y su centro
diríamos que la cosmogonía acon-tece del centro ("lo
que no tiene partes", Unidad indivisible ("fuente ígnea
de vida" como decían los pitagóricos), a la periferia
(lo múltiple, el "cosmos viviente") mientras que la "iniciación
en los misterios" acontece de la periferia al centro (5);
este doble proceso puede explicarse también con la conocida máxima
hermética: si la cosmogonía acontece por rarefacción
(coagula), de lo "espiritual" a lo "carnal", el conocimiento
iniciático acontece por disolución (solve). Y la cuestión
que aquí más interesa resaltar es que así como la
cosmogonía implica un desarrollo lógico (6) desde
el Principio (centro) hasta la multiplicidad de estados o cualidades (periferia)
que este Principio conlleva implícitamente en su misma realidad,
el proceso iniciático es un proceso analógico, no similar,
"invertido" con respecto al primero y necesariamente simbólico.
Ver en que consiste esta "inversión" es el quicio de
la iniciación en los misterios: sólo los símbolos
y las analogías conforman un lenguaje apropiado para establecer
esta relación. En la Tabla Esmeralda de Hermes se dice: "Lo
de abajo es como lo de arriba, y lo de arriba es como lo de abajo"
Este "ser como" es expresión del símbolo y la
analogía.

La estrella de David. Símbolo de la analogía
El aspecto
esencial del símbolo, es decir, aquello que lo distingue esencialmente
de la alegoría, de la metáfora y de la iconología,
es su carácter revelado, es decir, que su significación
no es convencional; esta revelación debe entenderse, como dijimos,
en términos de intuición intelectual aunque también
puede decirse que lo revelado no es éste o aquel símbolo
en particular sino que el objeto de esta revelación es un esquema,
un orden (kosmós): el mundo es el símbolo por excelencia,
un símbolo de las realidades tras-cendentes que él mismo
re-presenta ejemplarmente.
El símbolo
es un mensaje intelectual (una seña de identidad o contraseña)
que hay que descifrar o desvelar, pues el símbolo siempre es forma
(nombre, número, figura, re-lato, gesto) y esta forma revela un
contenido que a la vez es velado por ella misma. Lo que hace la mente
(instrumento de la Razón o ratio) al pensar (noeîn) (7) es precisamente este descifrar, un "descubrir la verdad oculta tras
los ropajes de la falsedad", es aletheia. De ahí que el símbolo
nada tenga en común con el signo: la ciencia que lo estudia es
la cosmología y no la semiótica; por lo tanto hay que descartar
(al contrario de lo que hace la semiótica moderna) cualquier vinculación
del símbolo con el signo, la señal o la imagen todo y que
según ciertas prerrogativas inherentes al símbolo de él
pueda decirse que también es un signo, una se-ñal o una
imagen; o lo que es lo mismo que un signo (en definitiva un acontecimiento,
una cosa, un gesto, etc) pueda ser interpretado simbólicamente:
el fundamento de la Teurgia (a la que Platón, siguiendo la más
estricta tradición hermética, alude en El banquete) es precisamente
el hecho de que todo lo que tiene alguna clase de realidad (esto es, todo
lo que radicalmente existe, ex-stare) es simbólico, es decir, vehículo
despertador de la consciencia según oportunas correspondencias
y analogías (8). En términos tradicionales el sentido
radical del símbolo (symbolon) es el que interesa.
El símbolo
limita la significación pero no impone ningún límite
a la interpretación por lo que la "realidad" del sím-bolo
es múltiple o polisémica, así las analogías.
Esta polisemia no es sino el reflejo sensible de la multiplicidad de lo
manifestado con referencia a la Unidad que posibilita la manifes-tación.
Acaso sea, de nuevo, el centro y la circunferencia el símbolo gráfico
que más se adecue a esta defini-ción: los indefinidos puntos
del círculo, que también sim-bolizan aquí los indefinidos
atributos del Principio o Unidad trascen-dente, no son posibles sin la
referencia implícita al centro, que simboliza aquí al Ser
mismo; los indefinidos radios que unen al centro con la periferia, las
in-definidas direc-ciones o "puntos de vista" que se dirigen
hacia el centro representan aquí la pluralidad de sentidos o la
polisemia antes aludida. Las indefinidas interpretaciones no pueden ser
en absoluto casuales ni subjetivas -porque no se establecen sin referencia
al centro del cual son como su reflejo (o apariencia)-; así podríamos
decir que cualquier especulación que pre-tenda ser de orden simbólico
y no atienda al Principio no es, diríamos, "efectiva"
en tanto que reveladora de sentido, y "precisa" en tanto que
inferencia o significación simbó-lica.
Por ello,
y esta es la cuestión que aquí más interesa, cuando
se dice que algo es "un símbolo de" estamos diciendo
con ello que aquello es la imagen (eídolon) del Principio a un
determinado grado o nivel de realidad, porque todos los símbolos
se refieren al Principio (Origen, Unidad) al igual que todos los mitos
son cosmogónicos, historias ejemplares y paradigmáticas.
Decimos
imagen oeídolon en el sentido griego clásico, el utilizado por
Platón en el Sofista (235a-236b): de las dos clases de "técnicas
imitativas" que considera la primera es la "técnica figurativa",
y la segunda es la "técnica simulativa"; la primera (235d)
consiste en "cuando alguien, teniendo en cuenta las proporciones
del modelo en largo, ancho y alto, produce una imitación que consta
incluso de los colores que le corresponden", esto es: una "copia"
que se adecue a la proporción del original, es decir, una analogía (9). Al resultado de este primer tipo de imitación Platón
lo llama figura (eikón) pues se parece (o figura, ahora tercera
persona de figurar) al modelo u original. Platón utiliza aquí
eikón (figura) como sinónimo de eídolon (imagen).
También
en el término "paradigma" se encuentra uno de los significados
de analogía: cuando Platón utiliza el término en
relación a la teoría de las Formas, éste tiene el
significado de arquetipo; cabe no obstante la acepción de "ejemplo"
o "modelo" e incluso "parámetro" tal y como
el mismo Platón lo utiliza en Sofista 218d: poner un ejemplo mediante
un objeto o si-tuación simple, que se toma como "modelo"
(parádeigma), para dilucidar el significado o la "realidad"
de algo más complejo y en cierta manera "oculto" a la
razón (10). En el Político (278c) Platón dice
que se usa un paradigma "cuando una misma cosa que se halla en otra
diferente y aislada de la primera es objeto de una "opinión
acertada" y, al ser comparada, da nacimiento a una única opi-nión
verdadera (que es un desvelar lo oculto -aletheia-) sobre una cosa y la
otra juntas"; aquí parádeigma no tiene ninguno de los
dos sentidos usuales (ejemplo o modelo) sino que tiene el sentido de analogía,
y se convierte así en un "método" que consiste
"en detectar elementos comunes en compuestos diferentes". Platón
advierte que la relación de parádeigma con la adquisición
del conocimiento es "curiosa" o "inesperada" (Sofista
277d).
Entonces,
la Tríada (el número tres, el triángulo), el Cuaternario
(el número cuatro, el cuadrado) o el Denario (el número
diez, la circunferencia), por ejemplo, diríamos que son imágenes
del Principio-Unidad a determinados grados o niveles hipostáticos
y por ello mismo se dice que fuera del Principio o Unidad todo es ilusión
o apariencia. Podría decirse que los símbolos son "maneras
de decir Unidad"; en este mismo sentido, Naturaleza, Hombre universal
hermético-alquímico, Hombre primordial o Andrógino,
son también imágenes del Ser-Unidad a distintos niveles
cosmogónicos; todas las escuelas verdaderamente iniciáticas
(es decir, sus símbolos, ritos y mitos) se estructuran en relación
a esta idea y de hecho, podría decirse que la iniciación
en los misterios implica una progre-siva toma de conciencia de ella. En
la Masonería, que po-demos conocer de una manera más directa
y fácil esto re-sulta evidente en sus rituales y simbólica
inherente.
Esto nos
lleva, y ya para acabar, a considerar otra cuestión: la síntesis.
Esta idea es fundamental cuando nos referimos al conocimiento pues nos
preguntábamos también implícitamente qué es
el conocimiento y cómo conocemos (11) y ambas preguntas
nos plantean la cuestión de la identidad: el conocimiento en tanto
que identidad en la diversidad (lo que en lenguaje taoísta se llama
"Conciencia del centro", Tschung, y que se escribe con el signo
"centro" y debajo el signo "corazón") tiene
que ver con aquel punto de vista unitario, no dual o relativo, en donde
objeto, sujeto y conocimiento mismos se unen (esta unión es máxima
ex-presión del símbolo) en un sólo "acontecimiento",
y cuando nos preguntamos el cómo, convenimos que también
es por unión, reunión o símbolo.
El "método
paradigmático" y las analogías son en extremo relevantes
cuando nos hacemos las tres preguntas fundamen-tales de la Filosofía:
¿Quien soy? ¿De donde vengo? ¿A donde voy?
NOTAS
(1) La teoría filosófica que expresa esta relación es
la teoría de la anamnésis platónica: el hombre conoce
porque reconoce lo que en él hay de divino. El fundamento metafísico
de la anamnésis (a pesar de ser negado por la filosofía
oficial) es la certeza hermética de que todo lo contenido en el
universo (o Existencia universal) está unido por vínculos
indisolubles (el azar no es una posibilidad) de manera que entre partes
o cosas separadas, aún no habiendo identidad, hay correspondencia
o analogía.
(2) Rigor Divino (Elohim -Binah berihático-) creó al Hombre
a su imagen y semejanza (Gen. 1,27). El Amor (Misericordia) Divino (Yhvh
elohim -Tifereth yetsirático-) formó al Hombre del polvo
de la tierra (Gen. 2,7) e hizo brotar del suelo el árbol de la
vida (Gen. 2,9). Crear-Formar-Hacer he ahí una misma actividad
referida a los diferentes planos del Árbol de la Vida
(3) Según hemos aprendido de René Guénon la jerarquía
descansa fundamentalmente en la idea de un centro en virtud del cual las
diversas relaciones entre las partes que lo circunscriben se rigen por
referencia a ese centro.
(4) Sucesión en términos narrativos pues en realidad la idea
es de simultaneidad, la cosmogonía "se da toda a la vez"
como dice Parménides; la imagen gráfica que mejor representa
al acontecer cosmogónico es la de varias circunferencias concéntricas
(paradigmáticamente diez, así la Cábala), cada una
de las cuales es a la vez circunferencia de la que le antecede y centro
de la que le sigue. Para expresar esta idea diríamos, aun a costa
de simplificar, que en el centro del No-Ser o Absoluto, se objetiva hipostáticamente
el Ser, Principio o "punto infinitamente luminoso" en términos
cabalísticos; en el centro del Principio se objetiva igualmente
el Mundo o macrocosmos y en el centro de éste el Hombre o microcosmos
en tanto que última manifestación hipostática o,
si se quiere, la Humanidad, cuyo paradigma es el Andrógino u Hombre
primordial.
(5)
El "principio de no contradicción" occidental (que
está en el meollo mismo de todo su despliegue filosófico,
incluso en Platón) impide esta consideración entre Unidad
y multiplicidad: o es Unidad, con lo cual es axiomáticamente indivisible
y así ininteligible, o es multiplicidad y entonces no hay Unidad
alguna. Cuando la filosofía ha necesitado explicar este paso de
la Unidad a la multiplicidad lo ha hecho siempre recurriendo al mito -acaso
con la intuición de que este paso es ilusorio-; cuando la metafísica
ha necesitado explicarlo ha dicho simplemente que "Solo hay Uno",
y lo demás, "vanidad de vanidades, todo es vanidad";
véase por ejemplo el Tratado de la Unidad de Muhyî-l-Dîn
ibn 'Arabî.
(6) "Lógico" en el sentido radical de logos, aquel que lo
vincula a la idea de Verbo. El acontecer cosmogónico es necesariamente
lógico: esta necesidad lógica se refiere a la imposibilidad
de que una cosa no sea o sea diferente de lo que es, independientemente
de toda condición particular; en este sentido se contrapone a la
necesidad "física" o fáctica, que es la imposibilidad
de que una cosa no se conforme a las leyes del mundo o entorno en el que
se encuentra, y que, en consecuencia, está subordinado a las condiciones
por las cuales este mundo está definido, condiciones que no tienen
validez fuera de este entorno. Véase, René Guénon,
Les États multiples de l'Etre, Éditions Vega, París,
1984, cap. I.
(7) "El padre Parménides", como llamaba Platón a este
gran filósofo, dijo que lo mismo es lo que puede pensarse que lo
que puede ser. Para él este "pensar" (noeîn) no
es aquella siccum lumen, luz clara y fría que llamamos razón,
sino el noûs, cuya función consiste en captar la verdad universal
de manera inmediata e intuitiva.
(8)
Véase "Arte Teurgica", Federico González,
Symbolos-4, Guatemala, 2º semestre 1992, pp. 23-33.
(9) Naturalmente debe leerse esta definición en términos simbólicos
y pensando en el Demiurgo platónico, lo cual incide sobre algo
que dijimos anteriormente: que el Kosmós es el símbolo por
excelencia. Además debe considerarse que esta imagen o eidolon
(la Naturaleza o mundo en último extremo) es siempre una forma
que a la vez vela y revela el contenido o la idea. Este problema suscita
precisamente la teoría de la imagen.
(10) Véanse las excelentes anotaciones al respecto de N. L. Cordero
en su versión del Sofista, Gredos, Ed., B. C. G. 117, Madrid, Reimp.,
1992.
(11) Debería rescatarse, para una comprensión cabal de la gnosis,
el concepto griego de dynamis que irrumpe en la filosofía a través
Platón. Dynamis es un sustantivo que responde al verbo común
"ser capaz de" y designa una cualidad: la de afectar (activa)
a la vez que la de ser afectado (pasiva). Difícilmente puede encontrarse
en castellano una palabra que recoja ambos sentidos, casi siempre se traduce
imperfectamente por "potencia". Dynamis tuvo un significado
técnico obvio en medicina, pero adquiere pleno sentido cosmológico
cuando Platón dice que todo lo que existe realmente es todo aquello
que posee dynamis, es decir, "el poder de actuar y de recibir una
acción", Sofista, 247e, de manera la dynamis puede definirse
como la propiedad o cualidad que revela o define esto que llamamos Naturaleza.
En términos microcósmicos, la dynamis puede referirse al
Hombre primordial (Andrógino) en la medida que este es principio
de identidad o conocimiento (antes hacíamos referencia al "principio
de inspiración") a la vez que principio de diversidad (pues
en tanto que microcosmos él es el mundo o su síntesis prístina
y él tiene la facultad de crearlo), y es esta misma medida dijimos
también al principio que del hombre individual puede decirse que
conoce a la vez que es conocido. |