LA GRAN QUIMERA. El individualismo sublimado o la secta disfrazada

Josep M. GRÀCIA
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La verdad es simple y compleja a la vez; la mentira siempre es complicada, requiere para subsistir de un entramado contradictorio que transforme la sospecha en incertidumbre y mantenga en vilo la verdad. El ámbito de una gran mentira es el reino de la cantidad, el reino del desconcierto. Si la verdad es constructiva y provechosa, la mentira siempre resulta demoledora, acontece de golpe, aturde y enajena; la construcción es paciente y serena, requiere tiempo. Puede decirse, sin duda, que una gran mentira empieza con una verdad a medias o una falsa verdad fruto de un engaño consentido. Admitimos la contradicción en los términos (“falsa verdad”) porque consideramos la relatividad del juicio en un momento histórico en que se admite la paradoja de pensar que la única verdad es que nadie conoce la verdad final sobre nada; relegamos palabras como verdad, eterno, inmortal y otras, a lo puramente irracional, término, por lo demás, adoptado por el olvido del profundo significado que para el ser humano tiene el “sentido de eternidad”.

Verdad y mentira, como solve et coagula, forman parte de una única realidad: lo que de verdad importa es “verlo todo en la unidad primordial aún no diferenciada, o de una distancia tal que todo se refunda en Uno… ahí reside la verdadera inteligencia” (Chuang-Tzu, cap. II ); así no obstante, escrutar la razón de lo que se da no es baladí; ni nada nuevo hay bajo el sol ni ninguna lumbrera es enteramente nueva, sobre todo en el ámbito esotérico en donde la reiteración de las ideas, de los ritos y mitos forma parte de su actualización. Tienen mucha, aunque no toda la razón aquellos que piensan con Terencio que nullum sit jam dictum quod non dictum sit prius, que la historia del pensamiento ya ha contemplado todas las posibilidades de ser y estar del hombre en el mundo y que ya se han elaborado las hipótesis a este misterio desde todos los puntos de vistas, y que sólo persiste la posibilidad de alcanzar nuevas formas de expresión, no nuevos contenidos. Pero, con mayor razón, se dice que todo está ya desde siempre contemplado en los mitos, de manera que, en el ámbito cultural grecolatino, Homero y Hesíodo pasarían por ser los grandes metafísicos, los artífices y transmisores de un legado intelectual siempre presente; ver con qué precisión la naturaleza humana responde a esa estructura mítica y la dramatiza sin cesar es enormemente instructivo para cada cual. Quizás, esa es la instrucción.

I. El individualismo sublimado o la secta disfrazada

“Así dijo, ensamblando plausibles mentiras...” (Odisea XIX 203)

A mediados del siglo XX las sectas estaban de moda; hoy, ya casi nadie habla de ellas, están asumidas en el bosque laico o religioso como formas de vivir el mundo, mientras no incumplan la ley de lo público, de ese terreno de nadie que es de todos. En casa, cada cual se sectoriza como quiere o como puede. La crisis de valores, de ética y también de estética se determina en la presencia del valor de lo privado como única e inalienable razón ética, lo cual hace posible que en el primer mundo, y, por cierto, tal como están las cosas, también en el segundo, vivamos en una tan relativa y frágil como ilusoria y burguesa paz occidental.

Aquellos que resuelven emprender el camino del “conócete a ti mismo” -gnôthi seautón- jamás formaron parte de ninguna secta: en esa “actividad” no da lugar lo grupal y mucho menos lo proselitista, el camino es personal, aunque, al menos hasta cierto punto, transferible y se desarrolle muchas veces de forma grupal. No se establecen estructuras de poder, no aparecen líderes con ánimo de lucro o de dominio sobre el otro porque los eslabones de la “cadena áurea” son anónimos o relativamente anónimos y lo que de verdad importa no es “el otro” sino la identificación con lo que el símbolo simboliza. El tránsito por “la vía del medio” es algo que cambia radicalmente al Adepto, lo arrebata de una realidad que aparece como normal sólo porque también pertenece al reino de la cantidad. De los artistas y poetas inspirados nadie piensa que han sido aducidos por una secta; sólo quien no comprende lo que hay detrás de la “iniciación en los misterios” confunde la “locura de amor” con alguna patología psicológica. Muchos han calificado como secta, por ejemplo, a los “pitagóricos” y a ciertas corrientes de pensamiento griegas, sobre todo las aparecidas después de Aristóteles, por no hablar de los Fieles de Amor. Hubo otro tiempo en que a esos “sectarios” se los quemaba en la hoguera. Todos ellos han sido considerados como “herejes” no sólo por la incomprensión de las ideas que transmitían sino por el intento fascista de anularlas en favor de una estructura religiosa y/o científica dominante que sólo sabe y puede afirmarse mediante la exclusión del otro. Ser sectario es, en propiedad y brevemente, tomar la parte por el todo, creencia y no certeza, prejuicio y no valiente apertura a lo que no puede ser limitado por una definición. Toda persona sectaria es, ante todo, un acólito fanático, un esclavo del límite que él mismo se ha fijado y por el que abandona toda esperanza de ser por sí mismo dueño de su destino.

No me refiero a toda esa parafernalia seudo esotérica –“tarotistas”, futurólogos, sopladores, espiritistas, teósofos... etcétera que en nuestro tiempo cubre de maleza el campo sagrado de lo esotérico sino a quienes de verdad han emprendido la vía de la gnósis (Conocimiento) en tal o cual forma tradicional u organización iniciática ortodoxa; el seudo esoterismo, ahora como siempre, es un jardín frondoso, sí, pero parco en especies y sin flores. Aquí, corresponde hacer referencia a quienes más o menos conscientemente han comprendido el significado y la oportunidad de emprender la “vía del conocimiento” tomando los símbolos, ritos y mitos como instrumentos necesarios aunque, ciertamente, no suficientes, para su realización espiritual (intelectual). Me refiero a personas cultas, aunque no tengan eso que con tanta ambigüedad llamamos “estudios”, personas con phrónesis (discernimiento) en virtud de la cual se distingue lo bueno de lo malo (muchas veces sin base racional) en vistas a encontrar los medios más adecuados para sus nobles aspiraciones intelectuales, escritores y docentes que utilizando el símbolo como lingua franca dedican su tiempo a transmitir los contenidos de la Ciencia sagrada, de la philosophia perennis et universalis.

Naturalmente, huelga decirlo, en el ámbito de la philosophia perenne hay de todo: distintas corrientes o puntos de vista, distintas personalidades que responden a distintas naturalezas, muchas de las cuales actualizan vivamente y a diario sus contenidos, distintas formas de ver y de comprender, errores y aciertos doctrinales e, incluso simplemente, distintas actitudes frente a ella; la verdad: no es fácil discernir. Hay que estar atentos, pero, al mismo tiempo, hay que considerar la falibilidad humana y hay que practicar siempre la tolerancia (que es una forma de philosophia) y sólo la negación radical cuando así se requiera: a cada cual le corresponde ponderar ambas posibilidades. Pero cuando en esos medios se da la inversión, se da con mayor dramatismo que en el mundo profano y aquí esto es lo que interesa: el engaño que con tanta atrocidad aniquila el ser y estar del hombre en el mundo como un ser dotado de inteligencia haciéndolo esclavo de una metafísica concebida, a lo sumo, como una disciplina.

Siempre habrá historias de luces, sombras y atrocidades, como dijo un poeta anónimo; algunos hombres que un día arrojaron luz y fueron verdaderos instructores que actuaron como transmisores de una influencia espiritual real vinculada o no a un rito iniciático, otro día inexplicablemente cayeron en la indolencia, en la falta de humanidad, en el desprecio del otro convirtiéndose en verdaderos tiranos de las tinieblas, recogiendo una expresión extremo oriental: esos son los que dan forma a la gran quimera. La expresión –tirano de las tinieblas- es dura, ciertamente, parece excesiva y como impregnada de un fanatismo excluyente; adoptándola, quiero hacer referencia y expresar, aún a riesgo de exagerar, un determinado frenesí que se ejerce sobre los demás autocráticamente bajo la apariencia de misericordia. Lo contrario también ocurre, por suerte con más frecuencia, si tenemos en cuenta de que así como que “el hábito no hace al monje”, con igual razón no todos los monjes llevan hábito. Lo que quiero decir es que no va a ser aquí donde se niegue la posibilidad de una influencia espiritual instruida por alguien no vinculado a tal o cual forma iniciática. Esa, es una posibilidad... y otra cuestión.

La gran quimera es endogámica y sólo es posible verla desde fuera: desde dentro y para los de dentro es una gran verdad, en realidad, es la única verdad. El ojo del huracán está quieto, pero es el huracán en esencia. Las tinieblas sólo tienen sentido como ocultamiento de la luz: lo tenebroso, lo verdaderamente invertido, no se bate por haciendas ya conquistadas (lo profano, que es una de sus expresiones) sino que se mide con lo sagrado, con lo luminoso, que es lo que quiere definitivamente aniquilar. Sólo aparece la gran quimera en el templo de la verdad; de esto hablaré más adelante.

En un reciente artículo (El País –España-, 23 de diciembre de 2007), Rafael S. Ferlosio ponía de manifiesto, tomando como base argumental el ensayo “El origen deportivo del estado” de Ortega y Gasset, una serie de reflexiones muy ilustrativas en vistas a lo que aquí quiero exponer. Ortega, en su ensayo, hablaba del “factor pertenencia” como algo determinante en un momento del desarrollo de la personalidad humana, en donde la naturaleza de la infancia o de la adolescencia se sublima “…por completo en el grupo coetáneo (...) ya no vive (el individuo) por sí ni para sí; no quiere y siente como individuo, sino que se halla absorbido por la personalidad del grupo que piensa y siente en su lugar”; de esta manera, insinúa Ortega, el adolescente rompe la esfera del acomodo privado y protector de la familia y se hace un ser sociable y público. La precisión de Ferlosio a estas opiniones de Ortega se refiere al hecho de que ser absorbido por la personalidad del grupo “que piensa y siente en su lugar” esconde un violento sistema de coacción y sumisión que no tiene nada de sociable sino que esas virtudes prefiguran el esquema de la pertenencia aniquiladora de la personalidad. El idílico lema “Uno para todos y todos para uno”, dice Ferlosio, “… esconde, en realidad, una terrible férula de coacción mutua y permanente, de amenaza anónima y ubicua, prefigurando ya ‘el traidor’…” Va a resultar, continua Ferlosio, que lo decisivo es la pertenencia, el ‘ser de los nuestros’ y que los pretendidos objetos de culto (…) juegan un papel formal... “. Estos “pretendidos objetos de culto” son para él, Dios, la Patria… para mi, son también las Ideas o, mejor dicho, la Metafísica, el esoterismo, que si uno no está atento puede convertirse en una tiranía. Enfocando la cuestión hacia lo que aquí interesa, la fratría que se constituye bajo “el ser de los nuestros” conforma una entidad psicológica, un golem, que se instituye y se atestigua como punto de vista acreditado de la Tradición. Ciertamente, la Ciencia sagrada no es una letra muerta y quien es quien para juzgar cómo y cuando sus contenidos aparecen actualizados. Lo verdaderamente alterado es que quienes acreditan este darshana, ellos mismos, son juez y parte y se uncen a una autoridad que certifican como oriunda de la metafísica.

Para quienes conocemos el simbolismo tradicional en general y el simbolismo masónico en particular, el ejemplo que utiliza Rafael S. Ferlosio está fuera de contexto, se hurta de una reflexión más profunda: la enorme diferencia entre amistad o como quiera llamarse a ese sentimiento o emoción que vincula a los que experimentan el “ser de los nuestros” y la fraternidad, que es de lo que realmente se trata. Pero, ciertamente, estas ideas mal comprendidas conforman esta acción ubicua; es más, el lema se convierte en consigna y se utiliza como seña de identidad formal, como un diabólico tattoo.

Un filósofo moderno (G. Steiner), de esos que tanto irritan a los esotéricos por su calidad de “académico” –de ello hablaré más adelante-, ha definido, sin embargo, la Zeitgeist occidental de este “fin de ciclo” (en el que todos, absolutamente todos, incluso “los iniciados”, participan) con una inquietante expresión: “fascismo de la vulgaridad”. La expresión no admite idiosincrasias particulares; se acepta con ella una realidad genérica que cubre toda una forma de ser (occidental). Sin embargo, lo relevante de este fascio es que no sólo no admite la diferencia –lo cual es obvio- sino que no tolera la calificación: sólo la ordinariez está en el horizonte como trasfondo “ideológico” de su forma de ser. El “fascismo de la vulgaridad” es más que nada la sublimación de un individualismo que como forma mentis no actúa pensando, como lo haría el humanismo o las ciencias, ni piensa actuando, como lo haría un artista o un campesino sino que simplemente hace y sólo hace en beneficio de sí mismo y bajo unos patrones meramente especulativos que responden a la pura satisfacción física y emocional. Radicalmente opuesta es esta actitud está el sentido tradicional de actuar como una “glorificación del trabajo” en virtud de la cual, si uno simplemente hace, siempre hace lo que no debe.



Imagen de Kala, dios hindú del tiempo (eterno)

La especulación es una forma consentida de hurto; la imitación del modelo también. Ya en la primera mitad del siglo XX René Guénon lo explicó con mayor rotundidad y precisión, atendiendo a la universal, no a lo general o particular, sólo que él siempre ha sido un autor despreciado por la Academia, aunque leído, y mucho, más de lo que los propios académicos están dispuestos a admitir. El esoterismo, después de Guénon, se ha clarificado, de eso no cabe duda; pero también se ha sectorizado. Por una parte, están tanto los que lo idolatran y creen en su infalibilidad como los que no creen ella y lo cuestionan o “lo interpretan”, que es una forma harto vanidosa de decirlo: son los “guenólatras”, por activa y pasiva. Por otra parte están los que lo imitan (“guenonianos”) y, por otra, al fin, los que han comprendido que, en esencia, lo que en el fondo propone Guénon es ha hacer efectivo un camino trazado (en síntesis) en su obra, que es como la parte exotérica de su legado. Guénon es uno más de la “cadena áurea” y si se comprenden bien las ideas por él transmitidas, debe convenirse que lo difícil es hacerlas efectivas y lo fácil hablar de ellas. No voy a insistir sobre un asunto largamente debatido en las tres últimas décadas del siglo XX, con acusaciones mutuas entre los distintos tipos de lectores de Guénon, y sobre el cual existe mucha bibliografía en revistas especializadas.

Muchos apreciamos a René Guénon como “guía intelectual o espiritual”, lo cual no es cuestionable sino fuera por la necesidad que tienen algunos de demostrarlo o, mejor dicho, por el uso de la expresión como “aval intelectual”. Los imitadores no sólo usan sus expresiones y su terminología, más o menos de forma mecánica, sino algo mucho más banal: usan en exceso e injustificablemente sus giros, incluso neologismos propios de su forma de expresarse que sólo son comprensibles en su contexto, como por ejemplo principial o humanidad por no hablar de metafísica, y con mayor banalidad si cabe, el plural de modestia, cuando no mayestático, usado como salvoconducto en su “misión” objetiva y pulcra de transmisión de los contenidos tradicionales; como si esto fuera posible, o necesario. A mi modo de ver, estos imitadores son los más nefastos, son los que más confunden. Su manera de transmitir es una imitatio: un mera imitación de los clásicos con una ingente recopilación de citas; en el peor de los casos es simplemente una aemulatio, que se corresponde con la puesta en escena de una forma de expresión e incluso el uso de una terminología que rivaliza con sus modelos hasta llegar a la transformación de las ideas tomadas ellos: “... la imitación trasciende las costumbres, se convierte en una segunda naturaleza y poco a poco se toma el tono, el gusto y el carácter de aquellos a quienes se imita." (República, 395a). En cualquier caso, nunca es una μιμησιζ, en sentido original: la mimesis alude a una identificación con el modelo, siendo, en primera instancia, el modelo la misma estructura simbólica de la realidad o de la naturaleza. La mimesis requiere que tanto el sujeto que mimetiza como el objeto mimetizado se resuelvan en una unidad de sentido que se antepone, no en términos temporales sino jerárquicos, al acto mismo de mimesis. De ahí el profundo sentido que tiene la mimesis en la actividad del Artista, del hombre de conocimiento, del Adepto que ha comprendido algunas de esas ambiguamente llamadas “verdades metafísicas”, que no son sino como certezas infusas que se dan a presencia en el silencio y la soledad de quien ha emprendido la “vía del medio”, que es la vía de Amor. Ya en el Poimandrés (X, 15) se habla de este “doble sentido” del conocimiento de las cosas divinas: “Dios, no ignora al hombre, al contrario lo conoce perfectamente bien y quiere ser conocido por él.”

Pero deberíamos preguntarnos qué sería el “factor pertenencia” o el “ser de los nuestros” sin la presencia de un líder o jefe que mantiene unido al grupo y que lo representa, presencial o ideológicamente. Es necesario tanto un “objeto de culto” como un líder que lo aglutine y lo personifique para que el grupo disponga de una entidad real. A veces, es más potente la idea o la ideología como conjunto de conceptos más o menos concordantes hacia un fin determinado que alguien en concreto, que el individuo en sí, pero lo más frecuente, y en los medios esotéricos lo más eficaz, es la presencia de un individuo de extraordinario carácter, fuerza y poder, sobre todo de convicción, que centrifuga la actividad grupal dando sentido a su propia presencia, que los demás juzgan como providencial. Éste es el individualista sublimado.

II. Maestro-Discípulo. Una dialéctica snob

"¡Ah, mi Oberón, he vivido una quimera!
Soñé que estaba enamorada de un asno."

W. Shakespeare. El Sueño de una noche de verano. IV.I

En Occidente se ha idealizado la figura del “maestro”, un personaje que en términos tradicionales es atípico, raro y, casi siempre, anónimo, siendo este anonimato simbolizado por la expresión “maestro interno”: podría decirse, simplificando mucho las cosas, que no hay mas gurú (guía) que uno mismo en tanto que ser dotado de inteligencia y no hay más upagurú (instructor) que uno mismo en tanto que forma simbólica. La literatura y el cine contribuyen a tal confusión: en una sociedad de la imagen lo propio es reproducir externamente algo que culmine nuestra limitación interna, y ese “algo” o “alguien” se convierte en un modelo a seguir, en un paradigma en su sentido más elemental. Vale decir, en primer lugar, que esto no es siempre así y, en segundo lugar, que la fascinación que despierta un individuo que supuestamente aglutina nuestras nobles aspiraciones es implacable. Por lo general, un tipo seguro de sí mismo, ilustrado, experimentado, practicante de una fina psicología, a la vez magnánima y avariciosa; es un individuo histriónico que escribe el texto, construye la escenografía de su propia obra, se sitúa en el centro del escenario, realiza el casting de sus propios actores y empieza su propio discurso, que presenta como universal. Quienes le dan crédito no siguen a los símbolos sino a quien les ha enseñado el símbolo – quien, como Humpty Dumpty, les convence de que las palabras significan lo que él quiere decir- y confunden la metafísica con una gimnasia de tipo espiritual que les produce cierta impresión psicológica de trascendencia no quedándoles espacio ni tiempo para la trascendencia en sí, que no comprenden. De hecho, confunden ambas cosas de manera que su camino está, en el mejor de los casos, más cerca del misticismo que de la vía iniciática, aunque ellos digan o crean lo contrario (más por prerrogativa “guenoniana” que por conocimiento de causa); no en vano, a menudo se expresa este sentimiento en términos de “vivencia” sin caer en la cuenta de que este término, puesto en circulación en lengua castellana por Ortega y Gasset, está directamente importado de la fenomenología alemana, especialmente Husserl (precursor de la metafísica ontológica de Heidegger y del existencialismo de Sartre) y alude a la experiencia total de la persona en existencia, lo que ella siente, conoce y ama; no hay nada ahí de trascendente sino algo vinculado con la emoción y el sentimiento. “Vivencia” es un término que define claramente y en su sentido más elevado la llamada “metafísica de la interioridad” de san Agustín, de santa Teresa o san Juan de la Cruz, y así ha sido utilizado, pero no define, y si lo hace es sólo alegóricamente, el arrebato, el entusiasmo (endiosamiento, significa que Dios –θεοζ- “está en” el poeta -ενθεοζ-) de los poetas o de los filósofos inspirados por la Musas, o de aquellos que quieren desposar a Sophia. La Musas, dice Platón, otorgan el saber a quien se sirve de ellas con inteligencia en vistas a ordenar la revolución disarmónica del alma y acordarla consigo mismo (Timeo, 47d).



Humpty Dumpty, el huevo antropomórfico, personaje de Alicia en el país de las maravillas, sentado en lo alto del muro disertando sobre lo que quieren decir las palabras. Al final, se cae y se rompe.
Fuente: Arthur Mee and Holland Thompson, eds. The Book of Knowledge (New York: The Grolier Society, 1912) Clipart ETC © 2003 The University of South Florida

“Vivencia” (concepto propuesto, en realidad, por F. Schleiermacher, precursor de lo que ahora llamamos filosofía de las religiones) no es un concepto vulgar sino la expresión de una fina y sutil emoción que enfrenta al individuo a sus posibilidades hermenéuticas –al tiempo que le impele a trascenderlas-, pero, como las aporías kantianas, son conceptos que definen el acto de encararse a una contradicción, a una paradoja que no puede ser resuelta ni en términos vitales ni en términos lógicos, respectivamente. El error está en pensar que las aporías o las vivencias son la expresión del Misterio: la Ciencia sagrada advierte sobre esta confusión al anunciar que de lo que en verdad se trata es de una lógica paradójica. Ποροσ (póros) es “hallar un camino”, α-ποροσ (a-póros, de donde aporía) es extraviarse por la incapacidad de resolver la paradoja de que todo es a la vez ilusión y realidad, de que todo es a la vez verdad y mentira. La aporía nos sitúa delante de una limitación de tipo racional y la “vivencia” delante de una vital, como se explica con el mito del nacimiento de Eros, hijo de Penía (pobreza) y Póros (recurso, ingenio; personificado como “camino”, “vía”). El verdadero anti-Póros (a-poría) – anti-camino - es Penia en tanto que inopia (o “pobreza”) intelectual o lo que es lo mismo, incapacidad de situarse por encima de las limitaciones inherentes al ser existencial que siente, conoce y ama. ¿Es eso posible?; la gnosis así lo afirma.

Nos sorprenderíamos al comprobar cuan cerca está la “vivencia” mal entendida –pues bien entendida es ciertamente algo grande y para nada despreciable- del epicureismo y del estoicismo, de los que “con el cuerpo hacen morir el alma” (“Infierno”, X, 1-18. ), de aquellos que transforman la philosophia en su modus vivendi de manera que el conocimiento no les sirve para descubrir la verdad sino simplemente para vivir tranquilos negando las emociones o los placeres (alogos hèdonè) en favor de otras sensaciones más “sutiles” y “espirituales”, ciertamente, pero sensaciones y emociones al fin y al cabo. Una cosa es la perplejidad que arrebata a los “principiantes” en contacto con las Ideas y otra cosa es pensar que esta incertidumbre es un signo de haber entendido algo; ya Maimónides en su Guía de los perplejos advirtió sobre este embrollo: : “... la manera de ilustrar al hombre (...) que ha estudiado las ciencias filosóficas y conoce sus secretos (...) pero se encuentra desorientado por la exterioridad de la Tradición y aquello que siempre entendió u otros le imbuyeron respecto a dichos términos polivalentes (los símbolos) (...) reducido a un estado de perplejidad y confusión...”

Hay que decir que no es nada fácil distinguir un “sofista” de un “sabio” –si es que hoy tienen realmente contenido ambas palabras- en una época en que los recursos están al alcance de todos de manera inmediata y anónima, lo que no deja ser una tremenda paradoja: cuanta más información es la disponible menos se sabe de verdad; el plagio es erudito. Se yerra al pensar que los sofistas son los políticos y otros representantes, científicos, filósofos... etcétera del “ámbito profano” (los “elegidos” siempre se colocan en el ámbito sagrado, naturalmente, como siempre piensan que los tontos son los demás); el sofista de verdad, como la gran quimera, sólo tiene sentido en el ámbito sagrado; ahí es donde lucha porque ahí es donde todavía no ha ganado, puesto que ahí está la luz y la verdad.

Muchos adoptan una actitud burgués por “las ideas”, por la Tradición, por la Metafísica, por el arte, por la filosofía o, en general, por la cultura: sospechan que el otro sabe algo que ellos no saben y eso les reclama, les fascina, les aduce... les interesa, al fin. El tirano de la tinieblas es quien descubre este interés pusilánime y lo utiliza manteniendo en vilo indefinidamente esa inquietud expectante: siempre promete, pero nunca compromete. No importa que el burgués sea de izquierdas, se trata de una naturaleza, no de una condición social ni tampoco ideológica. En efecto, muchos se sorprenderían de lo burgués de su actitud, ellos, que siempre fueron hombres más bien de izquierdas, lectores de Nietzche un día, republicanos otro; ahora, azarosamente, votantes de derechas. Se podrá pensar que estas “frivolidades” no afectan a quienes están por la ideas y “votan” a favor del desafecto (llamado “desapego”); pero no es así: la sombra del tirano de las tinieblas es muy larga y su brazo mortal se cuela por los recovecos de su intimidad dictando el compás de sus actos más elementales. Ellos consienten, y en eso está su fatalidad, pero también su posibilidad si es que algún día llegasen a darse cuenta de que ellos son los hijos devorados.

El diabólico dominio psicológico instruido por el jefe sugestiona un credo de plenitud en los individuos que conforman el “ser de los nuestros”, de manera que estos se perciben como “elegidos”; la unción la administra él mismo de forma tácita, o no. En realidad, todo el sistema se organiza como un funcionariado en vistas a amplificar la vida y la obra del individualista sublimado y esta actividad se va conformando con el tiempo en el fin último y en el sentido de toda la actividad grupal. Quien en sus escritos o palabras no se refiera al jefe en términos laudatorios o no reniegue como de la peste de los que “están fuera”, no pertenece al “ser de los nuestros” y personifica una disonancia a la que me referiré en seguida. Ese jefe, que en estos términos aparece como un gran y providencial hierofante, no es un jardinero que poda el árbol con paciencia y con amor, sino un personaje con guadaña que se dedica a “devastar el jardín” es decir, un personaje que pese a las apariencias “...no ha llegado efectivamente sino a un grado en que aún es posible extraviarse” (René Guénon, Symboles fondamentaux de la Sciencie Sacreé, LXII).

Así, se experimenta, por la simple pertenencia al grupo, un pavor profundo a quedarse fuera del “ser de los nuestros”. De tal forma que, de vez en cuando, cabe escenificar el espectáculo de la “quema de herejes”, que produce a la vez satisfacción y temor: por una parte, la complicidad se reafirma y se glorifica el ego por “estar dentro” y, por otra parte, se escenifica el “castigo” a los que “quedan fuera” por salirse del guión. Es una vaga e irracional defensa del espíritu del grupo, pues en realidad no existe tal cosa, sino sólo un montón de trozos rotos unidos por un pegamento que se llama miedo. Cabría preguntarse: ¿miedo a qué?, pero no me lo pregunto; basta con saber que la cepa del miedo es la ignorancia.

La coacción que implica la fratría se convierte en una diabólica espada siempre dispuesta a erradicar cualquier disonancia tanto con el “objeto de culto” como con el individualista sublimado que denomina, y no sólo designa, el “factor pertenencia”. Si esa actitud disonante (ámousos) se juzgara verdaderamente como ajena a la Filosofía (aphilósophia) nada habría que decir: si uno lo comprende lo acepta y, sino, se va del grupo; porque la instrucción así lo requiere. Pero, en realidad, no es así la mayoría de las veces: la disonancia es con respecto al comportamiento, a la opinión, a cierta ortodoxia privativa, a ciertas formas de expresión sea esta escrita o verbal, a cierta “actitud”; es eso lo que en el fondo se sabe que es ilícito y lo que induce, algunas veces, a escenificar gestos de una reconciliación inverosímil, leves purgas a los sentimientos de culpabilidad. Siempre hay alguien que se encarga de anunciar la disonancia, ya sea el mismo jefe o un delegado al que, ciertamente, se le podría decir lo mismo que dijo Giordano Bruno a su verdugo: tiemblas más tu al anunciar la sentencia que yo al recibirla. Enarbolando la bandera de la libertad y de las Ideas subyugan la discrepancia con el destierro en virtud de una unción jurídica que ellos mismos se confieren, practicando una severa falacia ad hóminem abusiva. No es eso lo que caracteriza a quienes “habiendo heredado... (la ‘cadena áurea’) no hurtan” pues se consagran en silencio y soledad, en un altum siletium, con esfuerzo y discreción, libremente a ser y conocer.

Los misarios de la gran quimera defienden la Tradición o “lo tradicional” por que ese mismo “sistema” les facilita, en realidad, una coartada perfecta para su mediocridad: ellos, simples ciudadanos de a pie, han “contactado con las ideas” (simpática expresión, por cierto). De su asombro salen solo por una vulgarizada impresión de que lo que en el ámbito profano (es decir, todo lo que no constituye el “ser de los nuestros”) se entiende por “calificación intelectual” (esto es, lo académico) es más bien un estorbo para su camino iniciático, el cual, requiere de otro tipo de inteligencia más “sutil”, más cordial que, por supuesto, ellos poseen. No hay que decir que esta idea es un basto plagio –diría, incluso, un beneplácito irracional-, de certeros, profundos y razonables argumentos expuestos por Guénon, quien, en realidad, se refería a la Academia como institución científica, a la que vio como contra-tradicional por negar cualquier principio de orden superior en aras de un conocimiento que sólo proviene de la razón pura y no tanto a los académicos y universitarios en sí, a los que, en realidad, puso en guardia frente a la vanidad inherente al status universitario y frente al “espíritu literario”, es decir, a la necesidad de revestir de sensualidad o “sutilezas” el discurso, olvidando lo esotérico e iniciativo (Aperçus sur l’ésotérisme Chrétien y L’Esoterisme de Dante). En realidad, Guénon se refiere a la distinción, que ya encontramos en Heráclito (fr. 40 DK), entre erudición (polymathia) y filosofía (philosophia perennis et universalis), o a las palabras de Aristóteles cuando dice que el intelecto es más verdadero que la ciencia (Últimos analíticos, Libro II), o a san Agustín cuando distingue entre la posesión de la verdad y su investigación (“Contra los académicos”), por poner sólo algunos ejemplos, y no parece que en absoluto pretenda estigmatizar a ninguna institución. No niego que esto puede darse así; incluso debe admitirse que la formación universitaria deforma ciertas facultades intelectuales en vista a lo que propone la gnosis; lo intolerable es el prejuicio y la inversión que deviene de pensar que ser universitario es una suerte de imposibilidad. A fin de cuentas: ¿cabe recordar en esta “edad oscura” que universidad (llamada alma mater) y universalidad significan lo mismo? Desde la Ciencia sagrada la crítica al mundo moderno, a su dinámica y a sus instituciones, es tan fácil como vana; si esto ha sido necesario en determinados momentos históricos (el último con Guénon: La crise du monde moderne y Le regne de la quantité et les signes des temps, fundamentalmente) ahora sólo cabe evidenciar lo acertado de esas críticas y sine ira et studio comprobar el cumplimiento de sus pronósticos, lo cual, dicho sea de paso, es igualmente fácil, aunque ilustrativo, como una “forma de conocer” literal y simbólicamente el mundo en que vivimos. Tal y como están las cosas es impropio para un iniciado entrar en debate con la modernidad mediante una “hiper-crítica” o “hiper-analítica”, a menos que tal acción sea una coartada a la falta de valor en el momento de enfrentarse, de verdad, a la vía gnóstica.

Para estos aprendices el jefe colma sus expectativas en carne y hueso. Se sienten afortunados por haber conocido en vida a alguien que ellos mismo identifican con múltiples personajes históricos. Gozan disfrazándose a la antigua y actuando en la película de lo que les gustaría ser, película que, por otra parte, no sobrepasa la categoría de “para todos los públicos”. Una actuación “simpática”, pseudo-profesional, sin público y, en consecuencia, aplaudida por ellos mismos. Promulgan conjuros, se disfrazan y juegan a un “ser cómo” de mentirillas, sobreactuando la gran quimera. Así como otros, en otros ámbitos, van de “artistas” o de “sensibles” representando la imagen de lo que no son, como la figura del “sabio” despistado (Einstein desnaturalizado), ellos adquieren una pose menos aparente –como corresponde a su pretendida actividad en torno al silencio y la soledad-, pero igualmente falsa y afectada: con semblante grave se deshacen en demostrar que no les importa ser nada o que “su reino no es de este mundo”, que han aprendido y siguen la vía del desafecto esforzándose en hacerlo bien aparente. Son amanuenses, esclavos del tirano de las tinieblas, quien en realidad los desprecia en lo más profundo de sí: nadie como él conoce el poder de la verdad. De hecho, es por el reconocimiento de este poder y a la vez por la certeza de que jamás, por su propia naturaleza, podrá asumirlo que este anceps imago actúa como tal. No es él, sino quienes le siguen que revisten este poder de autoridad.

En presencia del jefe, e incluso sin él, pues siempre hay alguien que directa o tácitamente aparece en su ausencia como su vicario, el aprendiz se pasa el día auto examinándose, con lo cual se consigue el efecto contrario a lo que se pretende con la vía gnóstica: no deja de pensar en él mismo. La duda de si haces o no haces lo correcto se convierte en un miedo que paraliza la voluntad: se han olvidado los fundamentos y eso impide la realización del objetivo. Una sangría inhumana que tiende a la destrucción personal, cuando no familiar y/o profesional, pues lo primero que se enseña es el desafecto por lo profano, pero queda bien claro que todo "lo profano” es todo lo que uno es o representa, que es cuestionado incesantemente. No es por la humillación del ego sino por la comprensión de cual es su justo lugar en la jerarquía de las ideas que se consigue entenderlo –no ya trascenderlo-, luego nombrarlo y, así, delimitar su ámbito de acción. En aras de la humildad se consiente la humillación. La idealización de la actitud humilde requiere, en el seno del “ser de los nuestros”, consentir afrentas (que se presentan como pruebas) que jamás se aceptarían fuera del grupo. Esto ocurre tanto por la falsa idea del “maestro” como por la de “aprendiz” (una figura que también ha sido idealizada), que en muchos relatos mitológicos, sapienciales y filosóficos es un ser llevado a sus límites emocionales y lógicos, incluso físicos, por un maestro que practica una fina mayéutica (o el arte de enseñar; Tomás de Aquino, Sum. Theol., 117, 1), una fina litotomía (“pulir la piedra bruta” como praxis es un “enseñar mutuamente”), que le pone pruebas y lo enseña con “discursos vivos” capaces de engendrar en su alma la semilla del conocimiento, como explica Platón en el Symposion. ¡Que lejos de las “pruebas del laberinto”, de “las pruebas iniciáticas” en los ritos de iniciación... Qué lejos del verdadero espíritu tradicional!

Pero en el acto está la trampa: la herida de la ignorancia segrega constantemente adulación hacia el jefe, y este es el veneno que lo destruye. El “gran hierofante” que devasta el jardín posee un defecto congénito, una fisura en el corazón: su talón de Aquiles es la vanidad y no puede sustraerse a la adulación, que es, como dicen los alquimistas, el peor enemigo del Adepto. El tirano no comprende cómo es posible que alguien que lo ha conocido no lo haya reconocido como guía, o, al menos, como instructor. Si fuera realmente un teúrgo no permitiría la adulación, pero como es simplemente un prestidigitador, necesita el aplauso en esa gran obra que representa: él está dispuesto a escucharlo, los otros a largárselo.

¿Qué tiene que ver el “fascismo de la vulgaridad” con el tirano de las tinieblas? Primero: el “objeto de culto” se ha convertido al fin en aquello a lo que todos tienden por ósmosis (por presión, grupal o personal debida al pavor al que antes me refería) no por una sincera certeza; segundo, el discurso se ha vulgarizado y se ha impuesto como norma en sí y para sí: en sí, porque se ha convertido en una seña de identidad formal que identifica a los individuos como miembros de ese “ser de los nuestros" y para sí porque todos se expresan con idénticos ademanes (en esencia emulados del líder), con la misma intensidad, no sólo se cacarean las mismas ideas, sino que la forma de enunciarlas es idéntica... etcétera. A cambio de esto se dispensa la "iluminación" -como para otros la salvación-; lo extraño es cómo quienes se consideran integrantes de una élite están dispuestos a creerse tal impostura.

III. La Philosophia: aldaba de la Ciudad.

La libertad, que es el motor de la acción de cualquier acto humano que se precie como tal, y, con mayor razón, del gnóstico, se ha convertido en una condición, es decir, en un límite, en una cadena, y no áurea, por cierto. Siempre se piensa que las cadenas que un buen día rompe el hombre de la caverna de Platón son las limitaciones, las pasiones, el yugo de las formas... la ignorancia, en fin; pero nunca se piensa que estas cadenas también hacen referencia a tomarse la metafísica, la auténtica Philosophia, como disciplina, que, como la belleza, puede convertirse en una tiranía. Platón ya insinúa, en el hecho de que el hombre liberado se siente incapaz de explicar su “visión” sin que lo tomen por loco e incluso peligre su vida, que la Philosophia tomada simplemente como disciplina es una imposibilidad; en efecto, la Philosophia, al constituir un methodos en la vía del y hacia el Conocimiento (gnosis), no tiene por sí misma y en sí misma sino un valor propedéutico; ya Sócrates, como explica Jámblico (Vida de Pitágoras XII, 58), llamó a la filosofía contemplación, y posteriormente, Platón (Symposion 197a), Plotino (Enéadas IV, 4,2) y Dante (“Purgatorio” XXIV, 52-54) hablaron de esta contemplación como verdadera raíz de la inspiración, es decir, del conocimiento.

Ésta es la Philosophia perennis et universalis, la nodriza del conocimiento.

 


La Philosophia como alma mater, de donde se alimentan las Artes Liberales.

Realidad e ilusión, verdad y mentira son, sin duda, análogas respectivamente y lo que conviene recordar tanto a los que creen poseer la verdad –los que se sienten “elegidos” por que se auto-imbuyen de un conocimiento nada menos que “revelado”- como a los representantes de la mentira, si es que alguna vez lo han sabido, es que las Musas juegan con ambos: saben decir muchas mentiras semejantes a las cosas verdaderas; pero saben, cuando quieren, proclamar verdades (Teogonía, vv. 27-28). Aquí no se trata de un simple sofista que "…(pretende) demostrar, no importa como, que lo mismo es diferente y que, en cierto modo, lo diferente es lo mismo; lo grande, pequeño, y lo semejante, disímil; y alegrarse así en presentar siempre cosas contrarias en las argumentaciones..." (Sofista 259d-e), sino de la percepción de una “influencia espiritual” o de una revelación; es decir, que ese “conocimiento directo, inmediato, intelectual...” al que aspiran los iniciados puede ser simplemente verosímil (ni verdad ni mentira); si uno quiere poseerlo, lo pierde; si uno quiere “darse cuenta”, en ese querer se le va el ser. La inmediatez no se percibe de ninguna manera, ahí reside el misterio del conocimiento. Comprender que simultáneamente lo real es ilusorio y que la ilusión es real; al fin y al cabo, la distinción entre ilusión o sueño y realidad o vigilia se desvanece constantemente en aras de su relatividad, la cual ha estado siempre puesta en evidencia por sabios y poetas; "Basta con seguir la verdad. Bastar y no saber porque basta, es lo que se llama Tao" (Chuang Tsu, Cap. II ).

Sí, es verdad: son “los muchachos” (es decir, los dioses) los que mueven los hilos pero incluso quien tiene esto claro es movido. La cuestión reside en sustraerse al dominio del movimiento, es decir, aceptar lo que se da como lo necesario, aceptar que el destino es providencial y que la voluntad no es volitiva, como el tiempo no es temporal. Porque la identificación con las ideas no es una identificación con los enunciados de las ideas y si esto fuera en cierto sentido necesario en un primer grado de iniciación, a lo que el neófito no puede sustraerse es a la forma que ello pueda adoptar, que siempre es, en sí misma, simbólica; en otras palabras, tiene que sublimar la presencia en aras de su trascendencia y no sucumbir ni a la ilusión ni a la realidad, que siempre serán relativas a su punto de vista. El símbolo es un mensaje intelectual (una seña de identidad o contraseña) que hay que descifrar o desvelar, pues el símbolo siempre es forma (nombre, número, figura, relato...) y esta forma es sólo cierta en la medida que revela un contenido que vela a la vez. Lo que hace la mente (como instrumento de la Razón o ratio) al pensar (noeîn) es precisamente un "descubrir la verdad oculta tras los ropajes de la falsedad". A eso, la más alta filosofía lo llama aletheia (descubrimiento) y este sentido es el que recoge, en verdad, el término griego apokalipsis (revelación)

En definitiva: a veces, la verdad no importa lo que debería. Convenir que se está obrando con justicia ante la evidencia de lo ilícito y subyugar a los demás hasta que comprendan que debe ser así: al final, todos están de acuerdo con lo que en el fondo saben que no es legítimo. El poder de la gran quimera no es de nadie, pero ese nadie es alguien que por distintos motivos nadie osa detener; es más, todos mentirían por él, todos los que de verdad importan pondrían la mano en el fuego por él, de lo contrario la mentira se vendría abajo como un castillo de naipes y en el fondo todos temen verse arrastrados hacia una muerte anunciada, hacia la inminente calamidad. Hay un punto en donde nadie puede sustraerse la señuelo del abismo.


No miran a nuestro daño,
corremos a rienda suelta
sin parar;
des’ que vemos el engaño
y queremos dar la vuelta,
no hay lugar.
Invocación, Jorge Manrique (1440-1478)

El templo masónico es, en Occidente, un ejemplo extraordinario de esa verdad y justamente por eso, es susceptible de que en su interior se escenifique la gran quimera: muchas piedras desechadas, no sin rudeza, quien sabe si algún serán llamadas a convertirse en piedras angulares (Mateo, XXI, 42 y Lucas, XX, 17, Salmos 118 (117), 22 y Marcos, XII, 10). Los mercaderes continúan: ahora venden ideas, trafican con las emociones, experimentan y usan el poder de los cargos, ejercen de “maestros”, ejercen de “aprendices”, discuten acerca de su propia ortodoxia... mercadean con la confusión; los símbolos se convierten más a menudo de lo que sería tolerable en señas de identidad que les circunscribe al “ser de los nuestros” con una vaga impresión de que son representantes de una forma tradicional que no comprenden. Unos pretenden ser el esoterismo de un exoterismo que identifican con el catolicismo, otros, los más clarividentes, el esoterismo sin más, no adscrito a ninguna forma exotérica; los más, tiene suficiente con buscar vagamente y dando palos de ciego el reconocimiento social ante el estigma impuesto por el sistema moderno que ha calificado la Masonería como secta y por la Iglesia que la ha excomulgado, y se esfuerzan en convencer a los “no iniciados” que la Masonería es discreta, no secreta, rindiendo pleitesía a los que, por una parte, les exigen abrazar los supuestos del sistema moderno (en esencia mediocre) como condición de posibilidad y por otra les exigen abrazar el credo católico a cambio de su beneplácito y algunas palmaditas en la espalda.

¿Qué obra estamos realizando…? Un templo de orfebrería, un palacio para el orgullo y la voluptuosidad, joyas que una tea ardiendo podría reducir a cenizas… Ellos llaman a eso crear para la eternidad.
Historia de la reina de la mañana y de Soliman Príncipe de los Genios. G. de Nerval

Pero la Masonería, la que habita el Templo de la Verdad, atesora un secreto, que es la única expresión posible del Misterio: la visibilidad del secreto es la revelación irresistible de la verdad (Tschung Yung, Tschu Hsi, cap. 16). Lo que de verdad importa es la idea de Templo y la idea de Hombre y ver que no hay dos cosas, sino una sola que es la expresión simbólica de la Verdad y la Belleza del Uno. La distinción entre Idea y Cosa, entre Uno y Mundo/Hombre, entre el símbolo y lo simbolizado es sólo una distinción necesaria metodológicamente, en vista a una didáctica, no es una distinción que responda a una realidad, pues desde el punto de vista de la Ciencia sagrada, sólo es Uno.“Cuando se escucha no a mí, sino a la Razón, es sabio convenir que todas las cosas son una." (Heráclito, DK 22 B 50)

En el templo masónico uno de los significados simbólicos del pavimento mosaico es el Laberinto; sobre el pavimento mosaico, ubicado en el centro del Templo, se sitúa la “tabla de trazar” es decir, el lugar de trabajo del iniciado, y las llamadas “tres pequeñas luces”, que son la Sabiduría -asociada a Minerva-, la Fuerza –asociada a Hércules- y la Belleza –asociada a Venus-, simbolizadas mediante tres pequeños pilares o ejes en torno a los cuales gira el trabajo iniciático. La vía del laberinto es la Vía del Amor y las “pruebas del laberinto”, que son una expresión de ese Amor en tanto que dádiva de una posibilidad, no pueden admitir nunca que se convierta la instrucción en una abyecta y brutal forma de dominio, o de imposición. Por que sólo con y por la libertad se abren las puertas del laberinto, como sólo con el caduceo Hermes abrió las puertas de Dite, liberando a aquellos que “con el cuerpo hacen morir el alma”.

Barcelona, a 1 de junio de 2008. © Josep M. Gràcia. Creative Commons License Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons