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BEATRICE Josep M. GRÀCIA |
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“Quando sarai dinanzi al dolce raggio / di quella il cui bell’occhio tutto vede, / da lei saprai di tua vita il viaggio” ("Inferno”, X, 130-132)[1]
El nudo sin fin. Uno de los ocho objetos preciosos budistas. Fuente: Historia ilustrada de las formas artísitcas, Alianza Ed., Madrid, 1987.
No estará de más recordar que en términos gnósticos y en clara diferencia con el misticismo, el sujeto que conoce (Amante) el objeto conocido (Amado) y el conocimiento mismo (Amor) forman una triunidad; estos tres factores pueden ser distinguidos pero no disociados, tienen su propio estatuto y realidad pero ninguno subsiste sin el concurso de los demás. Entre ellos hay una jerarquía, ciertamente, sin Amor no hay ni Amante ni Amado y desde otro punto de vista, es por lo Amado y por el Amante que Amor aparece radiante. En realidad, en toda vía de conocimiento la experiencia es capital; no podemos hablar de las ideas sin que estas hayan hecho, al menos, acto de presencia entre nosotros, sin que su brillantez haya deslumbrado alguna vez los ojos del buscador. La expresión vital del acontecimiento espiritual, de aquel experimentum de San Agustín, debe ser manifiesta y operativa, fecunda y brillante: vincular el mundo espiritual al material y viceversa es en extremo fundamental. La diferencia entre esta experiencia iniciática y la experiencia mística es que en la primera no hay jamás ningún objeto ahí afuera que espere nuestro reconocimiento, ni ningún sujeto ahí adentro que espere ningún fenómeno extraordinario. Lo cotidiano y el verlo todo refundido en una unidad de acción primordial favorece la unión que aún así y de todas maneras se comprende al fin como ilusoria, pues, en realidad, nada jamás ha estado separado.
Este es un punto interesante que debe resaltarse: en varias ocasiones Dante explica cómo deben leerse sus escritos (no sólo cómo están compuestos): propone que sus textos, sobretodo la Comedia, al que llama “poema sacro”, sean leídos, utilizando el método exegético medieval, como textos inspirados, según los cuatro sentidos que él mismo enumera. Hay pues, en Dante, conciencia plena de la vinculación entre él mismo y la divinidad, al principio es Eros, luego es Apolo y Minerva quienes le inspiran, como veremos más adelante.
Por todo ello, puede decirse que la lógica dantesca es aristotélica, en aquel Aristóteles platónico que existía antes de escribir la Ética, pero el método (meta-odos = cómo llegar al final del camino) es platónico; sin entrar en debate sobre la cuestión puramente doxográfica que esta opinión pudiera suscitar, lo cierto es que el llamado “amor platónico”, que es un concepto elaborado por los platónicos renacentistas, sobretodo por Marcilio Ficino, quienes asimilaron el Eros de El Banquete al "amor cortés" (en el que Dante estaba igualmente versado), de la tradición poética trovadoresca, es exactamente la descripción del camino iniciático hacia la contemplación de las Ideas a través de la vía del Amor análogamente a como en La República se describe el mismo camino a través de la vía del Conocimiento mediante el mito de la Caverna. En efecto, Platón describe, en El banquete, el páthos iniciático bajo el impulso de Eros en tres fases, aunque las dos primeras pueden encuadrarse dentro de un mismo proceso: en primer lugar amando la belleza particular, es decir, viendo las cosas en su sentido literal, tal como se manifiestan, el hombre se da cuenta de que la belleza anida en todos los cuerpos; en segundo lugar, por el amor se descubre la belleza en un alma, viendo insignificante (grosero) el amor a los cuerpos, es decir, a las formas, para pasar luego al amor a todas las almas, descubriendo la belleza en las normas de conducta, llegando así (el alma por sí misma) a la verdadera virtud. Y finalmente amor al conocimiento (gnosis), de una ciencia primero y a la Ciencia después, gracias a lo cual el iniciado, "vuelto hacia ese mar de lo bello y contemplándolo, engendre muchos bellos y magníficos discursos en ilimitado amor por la sabiduría (210d-211b).” La conexión entre amor y belleza es específicamente platónica, y no es casual: belleza es perfección, y no la perfección de las cosas sino la perfección plena y pura, lo óptimo, si así pudiera decirse. Esta optimización es, para Platón, la no injerencia del yo individual en el proceso creativo (de ahí que los rapsodas sea expulsados de la república -del alma-), en la operatividad propia de todo proceso de conocimiento que regenera al ser individual de forma paulatina y sistemática, con muchos nacimientos y muertes; pero siempre, este proceso es hacia adentro, nunca hacia fuera; es decir, el amor existe en nosotros en la medida que “nos hace bellos por dentro” y en la medida que “todo lo que tenemos por fuera se enlace en amistad con lo de dentro”, como dice al final del Fedro. No es fortuito que Sócrates invoque al dios Pan, el “dios del bosque”, para que le ayude en tal empresa. De hecho, Pan, según una de las múltiples mitologías que se le atribuyen, es hijo de Hermes; además, recuérdese que Dante, al principio del Inferno, se adentra en una “selva oscura”: a parte del simbolismo ya conocido, es claramente una invocación a estos dioses psicopompos para cubrir con éxito el tránsito por los estados inferiores del alma. El proceso al que nos referíamos anteriormente con respecto a El banquete es análogo al que describe Dante en La vita nuova, a propósito de su descubrimiento de Beatrice. Ambos se conocen cuando tenían nueve años; Beatrice lo saluda y este gesto, único y providencial, signa un enamoramiento súbito, un rapto del corazón (“cámara solitaria”, “viejo templo”) y marcará la vida de Dante con fuego: en la pupila de Beatrice se refleja Amor, “el que mata” (Convite, II, I, 27-39). El amor de Dante por Beatrice es exquisito, puro y, al principio, lejos de ser formalista, literal en sus formas; no es que Beatrice sea virtuosa sino que la suma de las virtudes se concentra en ella; no es que Beatrice sea la mujer ideal sino que es el ideal de mujer o, en palabras más precisas, es lo femenino lo que se le presenta a poeta. Lo femenino se expresa solamente en aquellas mujeres “que tienen entendimiento de amor” (“Purgatorio”, XXIV, 51 y Vita Nuova, XIX)
El poeta no pretende que su amor sea correspondido; él mismo es el sujeto y el objeto de conocimiento esotérico, Beatrice el medio; por eso, en última instancia, Beatrice es trascendida. En efecto, La vita nuova comienza y acaba con una visión: comienza Dante vislumbrado a un varón que sostiene entre sus brazos una mujer dormida; en una de sus manos sostiene igualmente un pequeño objeto ardiendo y mostrándoselo con gesto desafiante pronuncia estas palabras: vide cor tuum (“mira tu corazón”); al instante, la mujer, que es Beatrice, despierta del sueño y es forzada a comerse el corazón ardiente: queda así Dante preso del “fuego del amor” al que entrega su corazón, es decir, su “intelecto de amor”, para siempre más. La voluntad del poeta no es otra que la admisión de una herencia sagrada, de un legado, de un hieros logos. El relato de cómo Beatrice se come el corazón ardiente de Dante es una dramatización de la pertenencia del poeta a un linaje; en ese momento se establece un pacto, un pacto de sangre, pues la sangre es como un atributo del corazón, entre el poeta y Beatrice, que es ahí, más específicamente que en ningún otro lugar, la manifestación teofánica de la divinidad. Al final de La vita nuova, Dante tiene otra visión que le persuade de no hablar más de Beatrice; las palabras no alcanzan a explicar la sublimación del alma que se ha producido en el camino y desde otro punto de vista, Beatrice, lo que ella ha representado, ha sido sublimada; es aquel momento en que las verdades metafísicas, una vez comprendidas, son imposibles de explicar a los demás. Si nos expresáramos en términos platónicos diríamos que súbitamente se contempla la Belleza en sí "siempre consigo misma específicamente única”; esta es “… l’ultima salute…”, la “salud suprema” a la que Dante aspira y que en última instancia (“Paradiso”, XXXIII) implora a la Virgen María. Virgen madre,
hija de tu hijo, tú
eres quién la humana naturaleza En tu vientre
se encendió el amor, Aquí
eres, entre nosotros, meridiana luz Mujer, eres
tan grande y tanto vales, Tu benignidad
no sólo socorre En ti la
misericordia, la piedad, Este, pues,
que desde la caridad más honda te suplica
la gracia de tal virtud, Y yo, que
nunca ardí en deseos de ver para que
tu disipes todas las nubes Aun te ruego,
reina, que puedes Venza tu
guarda los humanos impulsos. Trad. N. González. B.A.C. 157. Madrid 1994. Es este un proceso universal: la correspondencia casi literal, no sólo de la forma poética, entre la Vita nuova y El intérprete de los deseos de Muhyî-l-Dîn ibn 'Arabî; lejos de plantear la cuestión de las fuentes que, por otra parte nos parece secundaria, el poema de Ibn 'Arabî empieza y acaba asimismo con una visión. Al principio el sabio sufí es igualmente preso por un gesto y un saludo de su Amada y al final invocando a la Belleza divina no acierta a expresar en palabras lo sucedido y lo aprehendido. Hasta qué punto el corazón debe buscar el “ideal femenino” y no verter sobre lo femenino su propia idea nos lo explica Dante con un ejemplo sobrecogedor (“Inferno”, V, 79-142): en uno de los círculos del Inferno se encuentran Francesca y Paolo, dos amantes que vagan juntos y abrazados pero que no se pueden ver ni oír: son ciegos y sordos el uno para el otro. Ambos conocieron a Amor en vida, pero fueron prisioneros de sus sentidos, vivieron su amor con pasión sensual y por su desmesura les fue arrebatado, o mejor, negado un poder capital al que Dante hace referencia a menudo: la posibilidad no de vivir con Amor sino de habitar en él. Uno de los estadios más difíciles de superar por el buscador en el camino espiritual es la tentación de establecer una unión, por eso, cuando Dante consigue interrogarlos sobre la “la raíz primera” de su amor, Francesca le explica que leyendo juntos la historia de Lanzarote y Ginebra, del cómo ambos moraban en un amor puro, su amante, Paolo, la besó en la boca, y en aquel momento, cuando el amor fue suplido por la “pasión más oscura”, la felicidad de Francesca y Paolo se convirtió en “la máscara de su suplicio”. Para conquistar plenamente l'intelletto d'amore, para que podamos ver y oír, se han de atravesar el muro de los sentidos y de las pasiones, los obstáculos de la mente, del desenfreno sexual, es decir, dual, que, en palabras de Platón, es una enfermedad del alma.
La Iglesia católica ha distinguido a Dante, después de un secular silencio anatematizador, como “el poeta más grande del catolicismo”, pero verdaderamente sólo en un sentido puede decirse que la obra de Dante es religiosa, y es en la medida que lo numinoso existe y subsiste en su obra; en esencia es Eros el numen que guía su mano. Y ese numen tomó el nombre de Beatrice. Podría decirse en este sentido que Beatrice no es ya la personificación de Sophia o Eros sino la de Iris, la diosa mensajera y madre de Eros que, como Hermes, transmite el mensaje y el consejo de Zeus a los hombres y hace de intermediaria entre Cielo y Tierra. Recuérdese que es Iris quien intercede ante Hera para que Leto pueda alumbrar a Apolo en la isla de Delos y que es justamente a Apolo, deidad délfica solar, a quien Dante invoca (“… entra nel petto mio, e spira…”[7], “Paradiso”, I, 19)- para abordar su “último trabajo”: el tránsito por el Paraíso. Ahora es Minerva, la diosa de la actividad intelectual, principalmente la transmisora de la enseñanza de la doctrina revelada, quien le inspira y Apolo quien le conduce (“Paradiso”, II, 8). En efecto, aunque, como hemos dicho, Eros subyace en la figura de Beatrice como verdadero motor de su impulso poético es propiamente a Minerva y a Apolo a quienes Dante invoca en última instancia: Beatrice y Eros, han sido ya trascendidos en tanto que medios de conocimiento. Recuérdese que el mismo Apolo se mofa de Eros considerándole un aprendiz a su lado. Por otra parte, para subrayar el carácter profundamente iniciático y no místico del camino gnóstico en el que Dante se adentra y la profunda significación esotérica de su obra, valdrá recordar, igualmente, que en las puertas de la ciudad de Dite, morada de los heresiarcas y los sectarios, entre los que se encuentra Epicuro, se abren cuando son golpeadas por Hermes con su Caduceo (“Inferno”, IX, 76-99). Hemos hablado de lo que Beatrice fue para Dante, pero también de lo que Nizam (= armonía, poesía) fue para Ibn 'Arabî, lo que Laura significó para Petrarca, Helena para Simón el Mago, Flora para Ptolomeo o Ginebra para Lanzarote, entre muchas otras que de buen seguro inspiraron la obra de tantos filósofos de cuyo nombre la historia no ha guardado noticia. Todas estas mujeres han personificado a Sophia y, a pesar de su existencia real –circunstancial, por otra parte-, conforman el paradigma de lo femenino como realidad complementaria al hecho mismo de la creación artística, como receptáculo de la inspiración de la que el artista bebe en pos de su perfeccionamiento; en realidad, Beatrice no es distinta de Dante en la medida que está dentro de él: lo femenino es el único aspecto de la realidad del ser individual que puede ser fecundado, por que este y no otro es su estatuto: el Amor es un atributo intrínseco del ser pues, como dice Platón, "el hombre está ya preñado en su alma". Bibliografía: [1] "Cuando herido / seas del dulce rayo que te envía / aquella a la que nada se le veda, /de ella sabrás la que ha de ser tu vía". [2] “Oh vosotros, que tenéis sano entendimiento! Ved la doctrina que se esconde bajo el velo de los misteriosos versos” [3] “Yo soy uno que cuando Amor me inspira escucho, y tal como él dentro me dicta así voy interpretando” [4] Ver la “Carta al Can Grande de la Scala de Verona”, 20-22 y Convite, II, I, I, 2-13. [5] “Mira, hijo; ese muro es el que hay entre Beatrice y tú”. El Muro representa el impedimento para acceder al mundo intermediario, por ello la referencia a él se hace en el Purgatorio. [6] Véase asimismo XVII, 7 y XVIII, 9. [7] “… entra en mi pecho, espira en él tu acento…” |
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